Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas

Nuevo glosario espacio-anímico

martes, 2 de diciembre de 2014

El contentómetro de bolsillo subió 25 UFFs (Unidades Finitas de Felicidad) en tan sólo un minuto. Patriaña, besastre —repitió. Siempre que Oriol inventaba palabras aquel aparatejo reflejaba un incremento significativo en su MUAC (Muestra Unitaria Aleatoria de Contento), lo que sin duda afectaría positivamente a su GRIS (Gradiente Remuestreado del Incremento de Satisfacción) de aquel horrible lunes y, muy probablemente, al PUAJ (Promedio Unificado de Alegría y Júbilo) de aquel oscuro mes de noviembre, contribuyendo a neutralizar el bajón provocado por la pérdida del pequeño cofre donde guardaba todas las palabras que había inventado desde 2014.

Su afición a inventar palabras le nació el mismo día en que la nave Phileas se posó en el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, y los científicos —tan precisos ellos— alardearon del éxito del “acometaje”. Le gustó el hecho de que necesitaran pergeñar una palabra para un suceso que nunca antes había tenido lugar. Pero no le hizo tanta gracia el vocablo en sí. Quizás si un trío de piratas enanos hubiera saltado de la nave vociferando amenazas y ondeando la bandera de los fémures cruzados y la calavera, el palabro le habría resultado simpático. Entendía sin embargo que no era una cuestión ni de romanticismo ni de sonoridad, sino de precisión. Y sintió un vaporoso pudor al recordar su deseo, nunca confesado, de que aquella nave perdiera el control y quedara empotrada en el cometa, de modo que le fuera posible reutilizar la palabra “acometida” con absoluta propiedad en este —también— novedoso episodio.

Distraído por palabras sin diccionario, astros incongruentes y naves saltimbanquis, su mente no tardó en iniciar una deriva entre hiperbólica y errática —como hacía siempre que algún MUAC positivo lo sorprendía temprano—, hasta que se aferró a una pregunta que pasaba por delante de Urano: ¿Podría usarse el verbo “volar” en el espacio, donde nada pesa, nada atrae a nada hacia ningún suelo, donde incluso la misma idea de suelo es inconcebible y conceptos como posición o dirección se desvanecen? En sentido estricto parecía evidente que.... ¿Puede usarse el verbo “flotar” en el espacio, donde nada te sostiene, donde nada te empuja con una fuerza proporcional a nada, donde hundirte es imposible y emerger no tiene sentido? Aaaah! No podía parar aquel bucle, el siguiente signo de interrogación se estaba ya formando a la izquierda de Mercurio y la pregunta se materializó con un peso totalmente absurdo para su enclave: ¿Tiene algún sentido preguntarse sobre las palabras que uno puede o no puede usar en el espacio cuando la mayoría de las veces no acertamos con las palabras que deberíamos usar en nuestro planeta?

Uff, uff, uff! Su contentómetro de bolsillo estaba bajando a razón de 1 UFF por interrogante. ¡Tenía que hacer algo! ¡Necesitaba una afirmación categórica! ¡O un par de esdrújulas nuevas!

¡Pijámide! ¡polipatético!...

Uff...


Juan Luis Blanco
2/12/2014

Desactualizado

jueves, 2 de agosto de 2012

John Lennon asesinado —leyó en la portada del periódico.

Ya lo había previsto meses atrás. Desde que comenzó a leer diariamente los periódicos editados 33 años antes, suponía que algún día se encontraría de nuevo con aquella horrible noticia. Salió a la calle con un brazalete negro en honor al más grande músico del siglo XX. Nadie le dijo nada porque nadie se extrañó. Muy probablemente —y desgraciadamente, dicho sea de paso— porque a todos se nos ocurren cientos de motivos por los que uno puede llevar un brazalete negro un lunes cualquiera.

El caso es que, desde que se hartó de que los periódicos trataran a sus lectores como imbéciles sin criterio, ni inteligencia, ni sentido común, empezó a regir su vida por informaciones obsoletas, noticias olvidadas y sucesos ocurridos y relatados mucho tiempo atrás. Comenzó con periódicos publicados 11 años antes y, salvo ciertos consejos extraños sobre ordenadores y cambios de milenio, algunos litros de gasolina de más comprados ante la inminente subida del petróleo y los problemas con la moneda oficial y los cálculos consiguientes, no tuvo mayor problema en su vida ordinaria.

De modo que, animado por el éxito y por la fabulosa hemeroteca que habían estrenado en la biblioteca cercana a su casa, decidió aumentar el salto a 22 años. Le alegró saber que su sueldo se podía comparar con el de los profesionales más cualificados, aunque los políticos, economistas e inmobiliarias mentían, como siempre, sobre los precios reales de la vivienda, mucho más cara de lo que anunciaban. Por lo demás, ya se había acostumbrado a los cambios repentinos de programación en cines, teatros y conciertos. Y no podía negar que las sorpresas, en la mayoría de los casos, eran de lo más agradables.

Su sempiterno afán de superación lo llevó hasta los 33 años de distancia, que a pesar del enorme desfase temporal que suponían, no le impedía llevar una vida normal. Los precios eran quizás lo único problemático, pero había mejorado mucho su capacidad para el cálculo proporcional a fuerza de ejercitarlo a menudo. Lo mejor, sin duda, era la inmensa alegría de constatar a diario que su ciudad era mucho más pacífica que aquel horror que se empeñaban en mostrar los medios. Por no mencionar la absoluta despreocupación ante el anuncio del iniminente final del mundo, del que se enteraría dentro de 33, o quizás 44 años...

Y así, vivía cada día más tranquilo en la seguridad de que ninguna de las informaciones coincidía con la realidad en la que vivía a no ser que se produjeran improbables coincidencias. Y sobre todo, disfrutaba de la apacible consciencia de saber que aquella farsa de mundo, aquella fábrica de mentiras, aquel escaparate de cristales coloreados, lo estaba creando él. Él, una sencilla artimaña, y nadie más.



Juan Luis Blanco
01/08/2012

Tierras de nadie

lunes, 26 de marzo de 2012
Días antes, cuando la dependienta de la papelería le preguntó de qué grosor quería el rotulador, se percató repentinamente de lo absurdo de ciertas convenciones que los humanos aceptamos sin reparo alguno. Por ejemplo, la de que los volúmenes tienen tres dimensiones, los planos dos y las lineas tan sólo una, lo cual, por muy paradójica que nos resulte la deducción, coloca a los puntos en precaria situación de adimensionalidad. Asi que, aquella reflexión imprevista y este párrafo se cierran con un ente teóricamente adimensional.

Siempre había pensado que la física, las matemáticas, la geometría... habían dado lugar a conceptos realmente singulares que mostraban una coherencia firme y diáfana mientras flotaban en el intelecto colectivo. Pero en algún momento aquéllos bajaban a la superficie, se adherían a la materia, y era entonces cuando hacían gala de una incongruencia pastosa y turbia. Porque las lineas que había dibujado aquella mañana tenían longitudes diversas, pero un grosor exacto de 0,4 milímetros. Lineas de dos dimensiones. También había algunas de 0,8 milímetros. Pero, ¿cual era el grosor en el que se debería considerar que una linea dejaba de serlo? ¿Bastaba con que una de las dos dimensiones fuera muy superior a la otra para seguir hablando de lineas? ¿Alguien había definido alguna vez aquella relación?

Fue por la tarde, mientras conducía por aquella carretera fronteriza cuando volvió a reflexionar sobre aquellos y otros despropósitos dimensionales. La calzada encadenaba una curva con la siguiente y el asfalto estaba divido en dos estrechos carriles por una reluciente “linea continua”. Pero, ¿no era absurda y redundante aquella expresión? Por definición, toda linea es continua hasta que se acaba. Y en una carretera, esa ausencia de huecos revela su significado y la inequívoca invitación a no ser traspasada. Porque, cuando el ingeniero que diseñó la carretera quiere dar a entender que podemos invadir el carril contrario, dibuja unas lineas más cortas separadas por espacios, que son las puertas que comuican ambos carriles. Y así todo está muy claro.

Sin embargo, ¿no resultaba todavía más desconcertante llamar a esta sucesión de lineas “linea discontinua”? ¿Cuál era el motivo de que el final de una linea no supusiera razón suficiente para dejar de designarla como tal? ¿Por qué el espacio entre dos lineas separadas seguía llamandose linea? ¿Acaso eran lo mismo la luz y la oscuridad? ¿El dia y la noche? ¿La materia y el vacío? ¿Cuál era la razón de que se agruparan realidades opuestas bajo una misma designación? ¿Se le ocurriría a alguien hablar de “materia discontínua”? Entonces, ¿podríamos también designarlo como “vacio discontinuo? ¿Por qué se agrupaban todas aquellas lineas cortas en un ente superior? ¿Existía algún tipo de relación entre ellas? ¿Sabían acaso las unas de las otras? ¿Qué opinaría de todo esto la persona que las pintó?

Redujo la marcha y el ritmo frenético de sus pensamientos antes de entrar en aquella nueva curva. Tras ella, a la derecha, apareció un cartel verde que indicaba que estaba abandonando la comunidad de Cantabria. A unos cincuenta metros un nuevo cartel le daba la bienvenida al Principado de Asturias. Sonrió, como siempre que pasaba por un lugar como aquél, ante lo absurdo de esas otras lineas imaginarias que intentan, de modo tan pretencioso como inútil, separar territorios, culturas y costumbres. Y le hizo gracia recordar que precisamente las fronteras se representan con “lineas discontinuas” en los mapas. No sabía discernir si había allí una invitación sutilmente sugerida o era más bien que los topógrafos no se atrevían a representar de manera más contundente unos límites imaginarios, invisibles y totalmente arbitrarios.

Sea como fuere, aquel día paró el coche entre los dos carteles y miró detenidamente el amplio giro de la carretera. Acababa de salir de una comunidad y no había entrado todavía en la siguiente. ¿Era aquel espacio el grosor real de una frontera? ¿A quién pertenecía aquel absurdo lugar? ¿No era inquietante que en aquel punto uno se convirtiera en foráneo para cualquiera de los habitantes de ambos territorios? Ensimismado en aquellas reflexiones se sentó sobre un canto rodado mientras observaba el escarpado desfiladero y escuchaba la corriente del rio. Una sorprendente sensación de familiaridad lo invadió en pocos minutos. Aquel lugar oscuro, incómodo e impreciso en que tantas veces se había convertido su alma, acababa de materializarse como una realidad palpable, visible y transitable: había descubierto su primera tierra de nadie. Para su sorpresa se notó gratamente reconfortado, como quien hubiera encontrado su lugar en el mundo. Y sintiéndose habitante de pleno derecho de aquella curva, permaneció allí hasta que la oscuridad igualó las montañas.

Juan Luis Blanco
26/03/2012

Spam

jueves, 5 de enero de 2012
Estaba al pie del árbol de cartón. Tenía forma rectangular. Ni pesado ni liviano, ni grande ni pequeño. Era un paquete que podía contener cualquier cosa, y por eso le gustaba especialmente.

Tan sólo habían pasado seis días desde que Amadeo recibió aquel e-mail. Todavía se seguía preguntando quién, desde la lejana China, esperaba venderle algo mediante aquel mensaje. Aunque en realidad, era imposible saber si el objeto del mismo era la venta de algún producto, pues el asunto era un galimatías indescifrable de ideogramas chinos. O coreanos. O japoneses... ¿Cómo saberlo? Pero la cuestión era otra: ¿cómo pretendían convencerlo? ¿Cual de los 148 habitantes de Cerezal de Peñahorcada podía entender aquello? Hacía tiempo que no era testigo de un esfuerzo tan inútil.

Ya iba a tirarlo cuando dudó. Sabía que era absurdo, pero se le estaba haciendo muy difícil deshacerse de algo cuya naturaleza ignoraba. Su curiosidad, que no conocía todavía la derrota, se impuso nuevamente, y no pudo evitar abrir aquel esperpéntico exponente de spam. Como imaginaba, lo que encontró fue un nuevo laberinto, más complejo todavía, de símbolos que ni siquiera sabía en que dirección leer. Y sin embargo, entre aquellas constelaciones de trazos enigmáticos, distinguió, en menos de un segundo, tres signos familiares. Eran dos cifras y un símbolo: 25$.

Sin duda era el precio de algo. Pero resultaba imposible entender nada más allí. Tampoco comprendía del todo qué era exactamente lo que le llevó a clicar en aquel enlace ininteligible, por qué buscó algo parecido a un botón que pulsar en aquella página web, qué le empujó a escribir su dirección y número de cuenta en aquel cuadrado blanco. Era una locura. ¡Aquello no podía funcionar!

Pero el día 5 por la noche no podía dejar de pensar en el paquete que había llegado aquella mañana. No lo abrió. Y con una tonelada de ilusión y un resto de cartón le improvisó aquel pequeño árbol. Estaba nervioso y le estaba costando dormir. En los últimos siete años no había habido ni árboles ni regalos de navidad en aquella casa. Y hacía más de cuarenta que había olvidado qué era vivir esas fechas con emoción. Se sentía feliz, pero algo desasosegado. Cambió de postura. Recordó el e-mail y su afortunada ocurrencia. Se tumbó de costado. Le vino a la mente el mono azul y rojo del mensajero. ¿Qué era lo que contenía aquella caja? ¿Quién iba a creerse que se había autoregalado una sorpresa? Tenía calor y se destapó. Al poco sintió frío y volvió a cubrirse. Estaba inquieto. Las primeras mil vueltas en la cama lo llevaron hasta su niñez. Hasta aquel estado de ilusión, esperanza y excitación absolutas. Nunca imaginó que volvería a sentirse así algún dia. Confiaba en que su regalo fuera, al menos, sencillo de usar. O que las instrucciones no vinieran solamente en chino. Luego dio otras mil vueltas y, por fin, mientras observaba plácidamente al mensajero, con su casco de oro y brillantes, atravesando aquellas nubes esmeralda en su aeroplano de cartón, se durmió.


Juan Luis Blanco
5/1/2012

Turistas

jueves, 4 de agosto de 2011
Bajaron del autobús y comenzaron a hacerse fotos junto a la estatua de mármol blanco. Como una manada de animales hambrientos que necesitaran acumular en sus cámaras pedacitos de viaje para tiempos peores. ¡Cuánto han cambiado las formas de viajar! —pensé–, y retiré la mirada de la efigie de Elcano y de la penosa escena que tenía lugar a sus pies.

Volví al exótico aroma de mi taza de té y al fascinante relato de las aventuras de Ruth: Vietnam, Madagascar, Tanzania..., en especial las aguas cristalinas y las chozas sobre la playa de Bawe Island, al oeste de la isla de Zanzíbar; también la playa de arenas negras de Soledad, en la costa pacífica de Nicaragua, lugares paradisiacos que no aparecen en ningún catálogo de viajes, y que no deberías perderte...

No había comparación posible entre lo que mi amiga me contaba y la escena del rebaño de turistas que contemplábamos con desdén desde la ventana. Había llegado otro autobús y aquello empezaba a ser grotesco.

...y si tienes ocasión, los inmensos bosques de la reserva Nechako en la Columbia Británica, el paisaje de montañas semidesérticas alrededor del Cerro Milagro, cerca de los Andes chilenos, donde en caso de vivir alguien probablemente no conocería la palabra turismo...

A pesar del énfasis que Ruth ponía a su relato, no pude evitar volver a mirar al grupo de visitantes. Seguían sacándose fotos risueños y sin el menor sentido del ridículo. Se me hacía extraña la aceptación sin titubeos de aquel estilo de turismo adocenado. Aquella conformidad satisfecha en sus sonrisas debía de ocultar alguna clave que no acertaba a descifrar.

...aunque para lugares remotos, Waletah, el pueblo de barro rojo y sol abrasador en el desierto de Mauritania, y sobre todo Mehetia, la sorprendente isla volcánica deshabitada al este de Tahití, donde no existen ni caminos ni restos de ninguna edificación o habitante...

No sé muy bien porqué el té-exótico-que-no-se-puede-encontrar-en-ninguna-tienda-occidental se me estaba haciendo más amargo; a la vez que la letanía de lugares-ignotos-donde-todavía-no-ha-llegado-la-lacra-del-turismo-masivo me estaba empezando a irritar. Como cuando un niño no cesa de tocar el timbre para que todos veamos su bicicleta nueva.

...la zona de Uarini, en mitad de la Amazonia, era una selva increíble antes de que comenzaran las talas... ahora quiero que veas unas fotos que guardo en mi portátil...

¿Fotos? Como si mirar a otro lado me fuera a aliviar del calvario que me esperaba, volví la vista a la plaza. Una pareja de jubilados habían intercambiado cámaras con dos jóvenes japonesas porque querían un recuerdo abrazados junto al ilustre marino. No se entendían pero reían a carcajadas mientras se explicaban mediante gestos cómo usar la cámara digital del Mercadona. Luego pidieron al guía que los sacara a los cuatro juntos.

Fué en aquel instante, al imaginar aquella fotografía pegada con imanes en un frigorifico destartalado —muy probablemente junto a las de sus aniversarios, nietos y mascotas— cuando sentí aquella idea intrusa dentro de mí. A traición y sin distinciones hizo añicos opiniones, prejuicios y convicciones. Y durante varios minutos me sentí menguar ante la grandeza difusa y sin pretensiones de quienes se saben tan únicos como todos los demás.


Juan Luis Blanco
27/7/2011

Mundo Stornäs

lunes, 4 de abril de 2011
Mientras caminaba entre muebles y parejas de jóvenes por el intrincado laberinto del centro comercial, se me ocurrió que una visita al Ikea era probablemente la prueba de fuego para una pareja que ha decidido iniciar una convivencia. Precios, colores, volúmenes, espacios, gustos, costumbres, presupuestos, espectativas... ¡Hay tantas oportunidades para el desencuentro que salir de la mano de tu pareja constituye sin duda una proeza!

Afortunadamente yo iba solo, pero en ocasiones se me contraían las entrañas si alguna de aquellas discusiones contenidas llegaba de pasada hasta mis oídos. Lejos de sentir alivio, me indigestaba la aspereza de aquellas discrepancias ajenas. Opté por el autoengaño y decidí que también podía ser hambre, así que acabé mi compra y me fui directo al self-service a trincarme un sabroso codillo. Y entonces los ví.

Yo diría que ya habían celebrado sus bodas de oro, y charlaban muy tranquilos, muy discretos, muy sosegados, delante de sus respectivos platos de albóndigas. 105 centímetros de mesa Stornäs creaban entre ellos un espacio que se diría de una densidad diferente. Como si, además de un tempo más pausado, la vida tuviera otro sabor en aquella cuadrícula independiente. Eran mis héroes.

Entonces ella fijó su mirada en la mujer que se acercó a paso de autómata a recoger, con gesto resignado y cara de fatiga, los restos de comida de las mesas contiguas. Cesó en aquel momento su charla y su sonrisa. Sus ojos, apagándose por momentos, la seguían de mesa en mesa. Su cara se nubló y se inundó de lástima y ternura. Quizás imaginó que algún hijo la estaría esperando en casa. Era 8 de marzo.

Como un niño a un animal exótico del zoo, su compañero observaba perplejo al joven que se encontraba dos mesas a su izquierda. También había pedido las albóndigas de oferta, aunque en media hora no había comido más que tres. Era difícil definir su gesto: ni triste, ni preocupado, ni relajado, ni contento... En todo aquel tiempo no había despegado sus dedos ni su mirada del móvil. Parecía muy solo.

¿Nos vamos? —dijo suavemente ella–. Y se levantaron. El hombre se rezagó unos metros. A través del amplio ventanal, miraba con gesto ceñudo la inmensa plantación de grúas, vallados y pivotes donde germinarían nuevos centros comerciales. Envuelta en una sonrisa, ella se arreglaba la bufanda mientras volvía en su busca. Se detuvo unos segundos detrás de él. En silencio. Luego lo cogió del brazo y caminaron hacia la salida. Los seguí con la vista hasta que desaparecieron. No se soltaron.

Quedó tras ellos un invisible remolino de armonía. Permanecí inmóvil unos minutos degustándolo. Luego me levanté, observé distraídamente el dedo eléctrico del chico del móvil, regalé mi mejor sonrisa a la mujer que recogía las mesas y me marché entre regaderas de chapa galvanizada y rodillos adhesivos antipelusa. Salí del parking y tomé la carretera del norte. La sonrisa me duró hasta el anochecer.


Juan Luis Blanco
4/4/2011

Ecos

miércoles, 16 de marzo de 2011
Como todos los mediodías Lucía dejó escapar una sonrisa al escuchar la segunda campanada que el eco travieso siempre añadía al solitario tañido de la torre de la iglesia. Por supuesto, no eran todavía las dos, así que iba bien de tiempo para llegar al restaurante, y continuó maquillándose sonriente mientras se preguntaba por qué aquel fenómeno que se repetía todos los días le seguía resultando gracioso. Pero aquel día, quizás porque se disponían a celebrar un aniversario, le dió por pensar en el tiempo que necesitan algunos fenómenos para suceder, en cuánto tarda el sonido en atravesar el valle, o cuánto necesita un rayo de luz para llegar desde una estrella. Entonces dejó el lápiz de labios y quedó mirándose fijamente a los ojos, a su imagen reflejada. Congelada. Pensativa.

Aunque fuera en unidades de tiempo ínfimas y prácticamente imposibles de desgajar del presente, sabía que la imagen del espejo era más joven que ella. Observado con rigor, era evidente que para cuando la luz de la lámpara hubo incidido en su retina tras haberse reflejado primero en su piel y luego en el espejo, ella ya no era la misma. Estaba mirando una imagen pasada. Sin saber siquiera en que órgano de su cuerpo tenía lugar la percepción del paso del tiempo, agradeció que éste fuera lo suficientemente impreciso como para no tener que lidiar a diario con este mínimo pero inquietante retardo.

Ya camino de la muralla consideró la enorme suerte que suponía el hecho de que la mayoría de los fenómenos naturales se rigieran por leyes que hasta la fecha se habían demostrado mayormente invariables. Tan sólo de pensar en velocidades de caracol para la luz, o en un sonido imperecedero que siguiera rebotando eternamente en todos los objetos, le entraban mareos. Qué sería saber que las personas que uno ve probablemente no se encontraran ya en ese lugar, tener la certeza de que para cuando nuestros amigos desaparecieran de nuestra vista hace tiempo que se habrían ido. Sentir la escalofriante sensación de que ya estábamos solos antes de que tal circunstancia fuera evidente. O escuchar, entre el caótico murmullo de millones de ecos, el sonido de palabras que uno dijo años atrás y tratar de digerir la rotundidad imberbe de afirmaciones que hoy no haríamos ni en voz baja, o lo que quizás sea peor, que nuestra propia voz nos enfrentara a la vergüenza de que, ajenas a todos los cambios y transformaciones de nuestro alrededor, ya sólo nuestras convicciones permanecieran inalterables y urgidas de revisión.

Lucía salió de este remolino de pensamientos cuando enfilaron la cuesta que llevaba al mesón donde habían decidido celebrar su cumpleaños. Entonces gritó todo lo fuerte que pudo: “ahoraaaaaaaaaa”. Esperó. Uno. Dos. “Ahoraaaaaaaa” respondió la pared rocosa del otro lado del valle y soltando la mano de su mamá, comenzó a corretear haciendo eses con los brazos extendidos como un pájaro. Sobresaltada por el inesperado alarido, su madre se llevó las dos manos al pecho. Y, mientras recobraba el ritmo de su respiración, no pudo evitar pensar en lo terriblemente infantil que era su hija por mucho que, a sus trece años recién cumplidos, se le hubiera ocurrido comenzar a maquillarse para aparentar una edad que todavía no tenía.


Juan Luis Blanco
15/3/2011

Terceros tiempos

miércoles, 15 de septiembre de 2010
A sus 78 años, Sofía había disfrutado de las vacaciones más largas de su vida: dos semanas en Benidorm. Volvió con más ganas que nunca de abrir su vieja zapatería. Echaba de menos las largas charlas con sus clientes habituales, quienes le hacían, si nada alteraba sus rutinas, al menos una visita diaria. A última hora de esa primera mañana, algo tarde para lo que solía acostumbrar, se presentó Agustina, con una mancha de pintura color marfil encima de su sonrisa. En pocos minutos le puso al corriente de lo costoso que le estaba resultando aquel año pintar la persiana de su relojería. No compró nada. Nunca lo hacía. De hecho, aparte de las sonrisas, los besos y los sabios consejos de Sofía, en los últimos tres años nadie se había llevado nada de aquella zapatería.

Agustina volvió a rematar los últimos detalles de la tercera mano de pintura que había dado a su persiana. La última capa todavía brillaba fresca y grumosa. En la acera, como un firmamento desplomado, cientos de gotas de color marfil bosquejaban nuevas constelaciones que se iban completando y complicando cada año, y que no eran más que el reflejo del avance de una enfermedad que el tiempo, aquel que antaño todo lo curaba, no iba a hacer otra cosa que agravar. Hacía más de mil días que en aquella tienda no se oían ya ni campanadas, ni cantos de cuco, ni tic-tacs. Pero ni el tiempo ni la enfermedad de Parkinson iban a detenerse por eso. Mientras recogía las brochas Agustina escuchó los pasos cada vez más torpes de Renato. Éste cambió la bolsa de mano y la saludó escueta pero cariñosamente mientras se preguntaba cuál podía ser el objeto de pintar cada año la persiana de un comercio que llevaba tiempo cerrado.

Renato, que había visto crecer a Sofía y Agustina, nunca pudo soportar parecer un inútil, y entre el orgullo de marino viejo y la exigua reserva de vitalidad que aún conservaba, reunía la energía necesaria para acercarse todos los mediodías al contenedor para echar la basura. Aunque su hijo Javier nunca se lo pidió, Renato no soportaba verlo bajar de casa con la bolsa de basura mientras él permanecía tendido en el sofá. De modo que un día, sin mediar palabra, comenzó a bajarla él mismo. A pesar de que Javier — pensando quizás que su padre no se daba cuenta— llenaba cada vez menos las bolsas, Renato notaba que las idas y venidas al contenedor se hacían cada vez más largas. Lo que primero fueron diez minutos, se convirtieron pronto en quince, y luego, a medida que la torpeza fue sugiriendo acortar los pasos y cuidar el equilibrio, llegaron a ser casi veinticinco. Lo que Renato no podía saber es que aquella mañana, el paseo hasta el contenedor le iba a llevar todo lo que le quedaba de vida.

A Javier se le hizo muy pesado atender a toda la gente que acudió al velatorio de su padre. Únicamente cuando los dejaron a solas pudo mirarlo con calma y despedirse de él en silencio. Sabía que en algún momento él también tendría que irse pero en su cuerpo ningún músculo parecía obedecer. Cuando por fin comenzó a dar la media vuelta más dura de su vida, algo llamó su atención: su padre, que siempre calzó alpargatas azules y adivinaba la hora con sólo levantar la vista al cielo, llevaba ahora unos lustrosos zapatos de cuero marrón y un impecable reloj de muñeca detenido en la hora exacta de su fallecimiento. Recordó con ternura el torpe caminar de su padre, la sonrisa sin dientes de Sofía y la mirada miope de la relojera. Embriagado de admiración, cerró la puerta tras de sí y, aunque no hubiera sabido explicar por qué, sonrió.


Juan Luis Blanco
15/09/2010

Felpudos

miércoles, 2 de junio de 2010

Erika no sabía de raíces. A lo más entendía lo que era un ancla, y no es de extrañar que un día la levara —dejando atrás su trabajo y su casa— y decidiera comerse a dentelladas la vida, respirar a grandes bocanadas su presente y comprobar en qué punto del horizonte comienza uno a olvidar los nombres de los días.

Vivió un tiempo en su furgoneta y para sentirla su casa, le compró un felpudo rojo. Valles, torrentes, llanuras, montañas... fueron siempre hermosos los paisajes que cada día contemplaba desde su hogar móvil, que comenzaba allí donde ella colocaba su felpudo ambulante: el más envidiado de los felpudos del mundo probablemente.

Un día Erika dejó también su furgoneta, y a su felpudo rojo le salieron alas. En él cruzó no hace mucho el Atlántico, en busca de montañas y nieves eternas donde instalar pequeños hogares transitorios y caminar cuesta arriba hasta donde el suelo termina.


Felpudos (II)



Mauro jugaba en silencio. Su padre lo miraba extasiado y sin decir palabra. Parecía que se hubieran conjurado para no interrumpir la apacible armonía que el arrullo rítmico de las olas había establecido. El sol, cada vez más anaranjado, comenzaba a dar un respiro y vestía con presagios otoñales la ladera amarillenta de la montaña.

Mauro seguía absorto en sus piedras, maderos y botes. A veces caminaba hacia la orilla y era silueta de niño. A ratos se acercaba y era todo ojos. Aquel día su padre descubrió que Mauro sabía dibujar figuras geométricas y que le gustaban especialmente los triángulos. De entre aquellas figuras que poblaban la arena un rectángulo extraordinariamente preciso llamó su atención. Una sombría premonición le hizo ver en aquella forma el felpudo marrón que tenían a la puerta de casa.

Mauro descubriría a los pocos días que, a diferencia que en casa de su madre, el felpudo que de allí en adelante le daría la bienvenida en la de su padre era casi como aquel sol que ahora les decía adiós: semicircular y naranja. No es extraño que también a él se le hiciera un poco cuesta arriba acostumbrarse a la idea de tener un padre, una madre y dos felpudos.


Felpudos (III)



El día que le contó que lo dejaba todo para irse a los Andes, Julio se acordó del felpudo ambulante de Erika, y sin saber bien porqué, viajó en el tiempo hasta la tarde en que su hijo comenzó a dibujar figuras geométricas. Desde aquel día Julio y Mauro habían pasado muchas tardes solos, y luego algunas en compañía, y luego otras mas solos. La vida zigzagueaba, y así la aceptaban, pero a veces tenían la sensación de que los planes les nacían ya torcidos y con un marcado carácter perecedero.

Julio sentía desde hace tiempo la necesidad de compartir un plan ambicioso con su hijo. Un proyecto que se cumpliera y fuera perdurable, duradero, memorable. Algo con una firme vocación de permanencia. Y así, Mauro escuchó maravillado cómo, con la ayuda de Erika, iban a construir el triángulo más grande del mundo. Para ello, de entre las piedras que Mauro seleccionó aquel día de otoño eligieron tres. De entre esas tres dieron a elegir una a Erika. Y hoy esa piedra, el primer vértice de su fabuloso triángulo, está en la cima del Tocllaraju, o del Urus, o del Ishinca —Erika nos lo dirá un día—, a casi 6000 metros sobre sus cabezas. Las otras dos aguardan pacientes, bajo la base del mapa mundi que ilumina los sueños de Mauro, a que alguien se embarque en expediciones a otras partes del mundo, a otras cimas donde solo algunos elegidos llegan.

Los dos saben que algún día completarán ese gigantesco triángulo, y lo dibujarán tal cual es sobre el globo terráqueo. Y mirarán al cielo sabiéndolo ahí encima, transparente, inmutable, permanente. Un inmenso tejado de cristal para una casa sin puertas, a la que, como podéis ya suponer, no podrá faltarle un felpudo. Pero ¿dónde lo colocarán si la casa carece de puerta? La sutil sonrisa y los enormes ojos soñadores de Mauro parecen buscar respuestas en las nubes. En su mente se está gestando un nuevo plan: recorrerán todo el perímetro de aquel fantástico triángulo en busca de un lugar donde sientan que el aire les da la bienvenida. Y cuando lo encuentren, colocarán allí un felpudo. Un felpudo triangular y verde.


Juan Luis Blanco
2/6/2010

Trastorno diacrónico leve

viernes, 21 de mayo de 2010

En una vida futura fui veterinario de atunes y supervisor de piscifactorías en Enceladus. Recuerdo que en el futuro el presente era algo más gordo. No tan liviano, no tan delgado, no tan fugaz. Añoro la vida en el futuro porque era más pausada. Lo mismo que ahora sucede con las monedas de céntimo, en el futuro hace siglos que dejaron de usarse los segundos como medida del tiempo por su obvia insignificancia respecto a las unidades de tiempo principales. Durante las noches, vuelvo una y otra vez a evocar aquellos sosegados paseos dominicales por los anillos de Saturno. Echo de menos la ligereza, la obstinada lentitud y la liberadora ausencia de gravedad.

No había agobios en aquel futuro del que volví no hace más de dos semanas. En tan pocos días ya me he hartado de los atascos, el humo, las prisas, el ruido, de caminar pegado al suelo, del aliento de las personas, de los escalones y de la palabra “no”. Además, estando el futuro del que vine mucho más lejos de lo que normalmente dura la vida de un ser humano, en este presente debo de ser otro, y no es sencillo acostumbrarse a mi nuevo ser, olvidándome del que seré o fui. Ya no sé si mis recuerdos son los de aquel que vino del futuro o pertenecen al pasado del que ahora soy. ¡Y mi psicólogo no ha nacido todavía!

Sinceramente, me sentiría mejor si pudiera escapar de este presente tan opresivo, tan inestable, tan poco amigable. Volver al futuro con la tecnología actual es ciertamente impensable. Quizás, con algo de suerte, podría continuar retrocediendo a un presente anterior, a un pasado en el que sin duda no me encontraré con tanta idiotez. Quien sabe, a lo mejor en esa vida anterior seré maquinista de un tren a vapor o cartero de una aldea en Paraguay. Espero no ser kamikaze del ejercito japonés.



Juan Luis Blanco
21/05/2010

45 años y un día

domingo, 2 de mayo de 2010

Cada cumpleaños recuerdo aquella escena. Ella miraba al frente, a lo lejos. Paseaba la vista por los veleros a través del gran mirador sobre el puerto. Él hundía la mirada en su plato y, de vez en cuando, levantaba la cabeza para comprobar que los motivos marineros del interior del restaurante permanecían en el mismo lugar que la víspera. Como todos los días desde hacía años, ocupaban la misma mesa para cuatro. Como siempre, una silla vacía enfrente de cada uno de ellos los delataba, y hablaba en silencio de tormentas, de naufragios y de islas de las que era imposible volver. Y a pesar de todo, parecía haber un “ellos” en aquella angustiosa situación en la que el único pacto imaginable era precisamente el de evitarse mutuamente, por muy cerca que las costumbres más arraigadas —como la de compartir mesa a la hora de comer— acabaran situándolos.

Al poco tiempo de comenzar a frecuentar aquel lugar me dí cuenta de que aquella singular pareja era casi parte de la decoración del mismo: ella, la vista al frente, hacia el puerto; él, la mirada hundida en su plato. A mi modo de ver, ya era bastante rutinario comer siempre en el mismo restaurante como para hacerlo además en la misma mesa y en las mismas posiciones todos los días. Durante los dos años en que lo frecuenté traté de sentarme cada día en un sitio diferente, convencido de que, atendiendo a estos pequeños detalles y con un poco de esfuerzo, se podía impedir que la rutina, marcando el ritmo y el rumbo de nuestras vidas como acostumbra, acabara robándonos el brillo de nuestros ojos.

Con el paso de los meses tuve la ocasión de presenciar aquella tensa escena desde todos los ángulos posibles. En ocasiones me sentaba en una mesa frente a la mujer, en otras frente a su compañero. Algunas veces me colocaba de modo que pudiera ver sus perfiles... Nunca observé variaciones: ella, la vista al frente, hacia el puerto; el, la mirada hundida en su plato. En no pocas ocasiones me preguntaba cómo debía de ser sentirse solo en compañía de otra persona a la que nada te une aparte de la costumbre, y aunque sólo fuera por una necia comparación, me regocijaba en mi soledad de solitario, de hombre libre. Pero, a pesar de esta discutible argucia para sentirme mejor, nunca pude evitar una estremecedora sensación de vértigo al constatar a diario la invariable tenacidad con que la rutina teje los hilos que cuadriculan nuestras vidas. A menos que nos acordemos de luchar contra ella.

Nunca los oí hablar hasta que un día un joven se aproximó a su mesa —ella, la vista al frente, hacia el puerto; él, la mirada hundida en su plato—. Comió con ellos e intentó en varias ocasiones iniciar un diálogo que de antemano sabía condenado a terminar en monólogo. Tan sólo la tarta que puso sobre la mesa hacía pensar que allí pudiera estar teniendo lugar una celebración. Deduje que era su aniversario y empujado por la lástima y un ingenuo afán reparador, quise contribuir a romper una monotonía que parecía haber resistido todos los embates hasta aquel momento. Me armé de valor y me dirigí a ellos:

—¡Felicidades! Veo que celebran su aniversario ¿Cuántos años llevan casados?

—45 años y un día —respondió secamente el hombre. Y en su rostro, una mueca con una remota vocación de sonrisa murió a medio camino en un gesto inerte, cansado y profundamente descorazonador. En su mirada apagada e indiferente se enredaban las sombras de mil cadenas perpetuas. Ella probablemente ni me vio.

Como la lluvia en el mar. Así se diluyó mi primera y última tentativa. A partir de entonces, cada vez que los veía —ella, la vista al frente, hacia el puerto; él, la mirada hundida en su plato—, pensaba en la extraña costumbre de añadir un día a las condenas de los presos. Dos años, cuatro meses y un día. 20 años y un día. 40 años y un día. ¿Qué demonios pasa ese día? ¿Cómo se siente uno ese día? ¿Insinuaba acaso aquel hombre que estaba sufriendo una condena? ¿Serían a lo mejor todos sus días como ese último? ¿O quizás ese día ya pasó y por eso se añade a sus aniversarios? Y si ya pasó ¿qué ocurrió para ocupar tan privilegiado lugar en sus recuerdos?

Aquel día se me hizo tarde. Comían el postre —ella, la vista al frente, hacia el puerto; él, la mirada hundida en su plato— cuando me senté dos mesas a la izquierda del hombre. Pensé que quizás me estaba obsesionando con aquella pareja, sus tristes hábitos y todos los pensamientos que se arremolinaban en torno a sus vidas —si así se podía definir su tediosa existencia—. Entonces la voz del viejo me sobresaltó:

—Perdóneme caballero. ¿Hoy es miércoles verdad?

—Sí —contesté sorprendido al ver que el anciano hablaba, y además se dirigía a mi—, hoy es miércoles ¿Por qué? —pregunté para no dejar pasar la ocasión de cruzar unas palabras con él— ¿Acaso celebran hoy su 46 aniversario?

—No, no... todavía no —titubeó unos segundos antes de continuar—. El caso es que no puedo evitar preguntarle si se encuentra usted bien, porque, siendo miércoles, me ha extrañado que en lugar de sentarse junto al timón de la pared del fondo, lo haya hecho usted al lado del ojo de buey, como normalmente hace los viernes...

En la mesa junto a la puerta de los servicios, al lado del enorme timón de madera, un plato con sus cubiertos y el vaso de tónica, —el único extra que me permitía en el menú— me esperaban. Muy a mi pesar, el inmenso vacío que de repente sentí en el estómago no tenía nada que ver con el hambre. Guardé silencio, bajé la mirada y me dirigí, profundamente trastornado, hacia la otra mesa. Odié a aquel hombre. Conseguí que mis dos primeros pasos no delataran el temblor de mis rodillas. Miré a la mujer. Dos años y ninguna mueca. Mi rodilla cedió. ¿Sonreía? 45 años... Me ardía el pecho. No había dudas ¡era una sonrisa! Tropecé con mi orgullo. En su cara petrificada todavía aquella agria y espantosa sonrisa. Un día, ¿qué día? Nubes de pánico me rodeaban ¿estaba cayendo? Vi brotar chispas entre sus dientes. Miércoles. Mi cabeza rompió el plato. Una camarera me bautizaba con gasolina. Ella reía a llamaradas. Yo buceaba en el abismo.

Nunca más volví a aquel lugar. Hoy cumplo tres años y un día.



Juan Luis Blanco
2/5/2010

Sombras de bajamar

viernes, 16 de abril de 2010

Era atardecer. Era bajamar. Era domingo. Todo estaba en retirada: la semana, el sol, la marea; el agua, el ánimo, la luz... Las sombras cada vez más alargadas de los pinos iban ocupando el enorme vacío oscuro que la bajamar siempre provocaba en la bahía, cuando dejaba al descubierto las rocas, los troncos podridos y la arena, uniformados por una húmeda capa de lodo y desesperanza. Al fondo, las pocas zonas de acantilado que permanecían todavía iluminadas por el sol ardían en un naranja premonitorio.

En momentos como aquel, a Silvio se le hacía difícil recordar los intensos azules y los verdes esmeralda de las pleamares, y su memoria buceaba en profundidades sombrías y empantanadas para reproducir su particular catálogo de añoranzas, en el que no faltaban su padre, dos novias, varios amigos y un gato. Lo más inquietante era que nunca olvidaba añadir a esa lista varias ausencias que todavía no se habían producido y que lo aterraban sobremanera, pues nada podía hacer para superarlas más que esperar a que ocurrieran, tratando de acostumbrarse a una certeza de la que hubiera preferido no ser dueño.

Sin embargo, aquel día, quizás porque echó de menos la habitual alegría en sus ojos de miel, se acordó de la mirada afligida de Rosana, la dependienta de la papelería que le había vendido los lapiceros y la goma de borrar dos días atrás. Algo debía de haberle ocurrido pues él no había conocido nunca la tristeza en aquel semblante. Sin embargo, no cabían dudas en aquella expresión alicaída, en aquel caminar cabizbajo, en aquellos movimientos pesarosos. ¿Qué podría estar pasando por aquella cabeza? ¿Qué es lo que estaba encogiendo su corazón? ¿Tendría que ver con el chico con quien había comenzado a salir?

Andaba Silvio elucubrando sobre causas y posibilidades mientras Rosana introducía los lapiceros y la goma en un sobrecito de papel de estraza. Entonces ocurrió. Ella cogió el billete que Silvio le había tendido y bajó la vista al cajón de la registradora, luego extendió su mano con el cambio, inclinó levemente la cabeza al lado contrario de donde él estaba y alzó la mirada hasta encontrarse con sus ojos. La tristeza no había desaparecido de su cara pero, inesperadamente, de entre sus labios surgió una preciosa y conmovedora sonrisa de cuya autenticidad era imposible dudar. Lo primero que pensó Silvio fue en lo difícil que debía de ser sonreír desde el sombrío lugar donde Rosana probablemente se encontrara entonces. Luego, se dio cuenta de que nunca nadie le había dirigido una sonrisa tan sorprendente y mágica como aquella. Y se sintió tan afortunado como quien viera una estrella fugaz en una tempestad, o encontrara un diamante en el fango renegrido de la bahía.

Oscurecía, y Silvio volvió por un momento a sus pensamientos, a sus añoranzas y a las ausencias inminentes. Se dio cuenta de que, nuevamente, andaba preocupándose por acontecimientos que estaban por suceder, y que su presente estaba ya lastrado de posibles desgracias futuras. Y pensó en lo inútil y perniciosa que le resultaba aquella absurda capacidad de anticipación y la inevitable manía de dar solamente por buenos los malos presagios. No sabía bien qué, pero pensó que más le valía hacer algo para cambiar aquel proceder.

Comenzó a desandar el camino hacia su casa y volvió a pensar en Rosana y en su encantadora sonrisa. Entonces, como quien descubre que la noche es la espalda del día, creyó comprender su misterio, su extraordinaria naturaleza: aquella sonrisa no estaba atada al aciago presente en que se producía, sino a alguna fortuna que aún estaba por llegar. Aquella sonrisa respiraba la certeza de un tiempo mejor. Silvio se detuvo y sonrió. Nadie lo vio, pero si alguien lo hubiera hecho habría descubierto una expresión nueva en su rostro. Continuó caminando con los ojos cerrados, tratando de recordar con nitidez la reveladora sonrisa de Rosana. Sonrisa de amanecer. Sonrisa de pleamar. Sonrisa de porvenir.



Juan Luis Blanco
16/4/2010

De oficios

domingo, 28 de marzo de 2010
—Hoy están cruzando el cielo mil aviones —pensó Estela —. Me lo llenan de rayas. Dibujan en él sin pedir permiso y dejan ahí sus pintadas compartimentando un azul originalmente infinito.

La cosa iba de rombos, como el jersey del banquero que tenía delante.

—¿Profesión?

—Lo primero que haré con el dinero será un largo viaje. En avión —fantaseaba ensimismada Estela, sin prestar atención a la rutinaria letanía de preguntas.

—¿¿Profesión?? —subió el tono el impaciente empleado.

—Perú, los Andes, el mundo de los Incas, el desierto, la selva... Luego Brasil...

—¿¿¿Profesión??? —enfadado y exagerando la entonación como un mal actor.

—Ejemplo, ¿y usted? —disparó Estela, disimulando la ironía con una inocente sonrisa

—¿Ejemplo de qué? —había estado a punto de gritar el banquero. Pero enseguida se dio cuenta de que cualquier posible conversación sobre conductas ejemplares lo iba a situar en franca desventaja. Así que intentó sosegarse y trató de ser amable y claro. Sobre todo claro.

—Le estoy preguntando por su profesión, su oficio señorita.

—Mi oficio. Veamos: restauradora de olvidos, retratista de presentes y arquitecta de sueños. Hechicera y brújula de almas errantes.

—¿Alguna otra profesión más..., menos..., insólita? —balbuceó descolocado y nervioso el banquero.

—A ver: recolectora de notas desafinadas, hipnotizadora de reptiles medianos y encantadora de otros seres más o menos vivos a tiempo parcial

—¿Me esta usted tomando el pelo? ¿Pero es que no ha tenido usted ningún oficio serio? —la increpó su interlocutor volviendo a perder la compostura.

—Mmmmmh: notaria de aconteceres, contable de nubes y administradora de hoyuelos. Asesora de brisas y vientos, auditora de primaveras y analista de espirales. ¿Le valen?

La paciencia del banquero entró en picado en números rojos, y en su tono se adivinaba una rabia que estaba a punto de rebasar las fronteras de su autocontrol.

—¡Mire usted! ¡No tengo tiempo que perder! Si es tan amable, le agradecería que me hablara directamente de sus ingresos.

—Está bien. No hay problema. Déjeme que haga memoria. Mire, no más fueron dos. Y ahora le cuento. Pero antes hágame un favor: vaya llenándome esta bolsa con los billetes de ese cajón y ponga su reloj sobre la mesa. El primero fue en el penal de Cáceres. Dos años y cuatro meses. Meta también aquella grapadora, por favor —susurró con voz de seda mientras acariciaba el percutor de la pistola—. El segundo en la cárcel del Salto del Negro. Mucho calor, aunque no tanta humedad como aquí. Perdone, ¿podría prestarme también su estilográfica? Gracias. Le escribo aquí mi oficio actual, el que ahora me ocupa. Y me la voy a quedar si no le importa. Gracias de nuevo. Ahora me tengo que ir.

Paralizado por el miedo y la sensación de humedad que se extendía por su entrepierna, el banquero la vio marchar. En el papel que había dejado sobre la mesa, escrito en delicada y fluida cursiva decía: atracadora de bancos, espantaparásitos y destriparrombos. Estela. :-)



Juan Luis Blanco
27/3/2010

La puerta azul

lunes, 8 de marzo de 2010
Lo bueno de los pueblos pequeños es que uno oye los pasos de la gente cuando camina por la calle. Y sin dejar de mirar a lo que uno está, puede saberse si Andreína, la pescadera, va con prisa, o si Rubén, el hijo pequeño de Marta, corre hoy más torpe porque su madre le puso las botas de su hermano mayor. Sabremos también, a nada que escuchemos con atención, si Ismael, el cartero, se va recuperando de la cojera que le provocó el accidente de moto, o si Carla, la niña más guapa del pueblo, está hoy alegre y saltarina, o arrastra sus zapatos y sus penas porque ha vuelto a discutir con alguno de sus cinco hermanos.

La mañana que Tristán decidió pintar la puerta de su casa de color azul, puso sus ojos en la brocha, la puerta y el bote de pintura, y sus oídos en los andares de sus paisanos. Se sorprendió de lo transitada que podía llegar a ser la calle donde vivía. No llevaba dos brochazos cuando llegó a sus oídos el ritmo acelerado y el sonido punzante y agudo de los tacones de Dominique, la profesora de francés, que cesaron por unos segundos, para proseguir enseguida, pero con algo menos de urgencia. Llegó luego el caminar pausado e inconfundible de Guillermo, el pescador, y sus enormes zancadas amortiguadas por las suelas de goma de sus botas de agua. También él se detuvo, el tiempo justo que hubiera correspondido a dos zancadas, y prosiguió su camino tal como vino, como si la parada hubiera sido un silencio en el pentagrama de su caminata matinal. Probablemente se cruzó con el alcalde, cuyas pisadas de zapato nuevo y caro ya se habían detenido una docena de metros antes para consultar una llamada al móvil, y que ahora se volvían a parar frente a la puerta de su casa. Tristán no respiró tranquilo hasta que escuchó nuevamente sus pasos calle abajo. No le caía bien. Entonces, las pisadas cesaron de nuevo, y comenzaron a ganar volumen, lo que sin duda indicaba que el alcalde se había dado la vuelta y volvía. Una gota de azul tembló nerviosa en la brocha y cayó en el escalón de terrazo de su portal. Los zapatos caros y nuevos dejaron de sonar justo detrás suyo. Otra gota le cayó entonces en el pantalón. Dejó la brocha, se limpió como pudo y con un pincel más pequeño, comenzó a retocar y tapar algunas grietas acercándose más a la puerta. Dos manchones más tarde oyó un paso, un solo paso. Dejó de respirar, esperando escuchar el segundo algo más lejos. Pero nada. Tan sólo el canto de los gorriones en los tejados y el rumor lejano del oleaje. Hasta que algo parecido al roce de un zapato que bailara sobre una acera de arenisca arañó a sus oídos. El alcalde apagaba su puro y retomaba su camino calle abajo. Tristán resoplaba aliviado. Y bastante incómodo por la expectación que estaba provocando su puerta azul.

No pasó demasiado tiempo hasta que volvió a oír que alguien se acercaba. Era demasiado irregular para ser un vals, pero el susurro arrastrado de las alpargatas de Julián y el toque quedo y desacompasado de su bastón, componían una cadencia que a Tristán siempre se le había antojado bailable de haber sido algo más rápida. Decidió concentrarse en lo que estaba haciendo y olvidarse un poco de Julián y de lo que ocurriera detrás suyo. Sin embargo, tan sólo después de tres brochazos había vuelto a perder los nervios. Ahora era el silencio el que lo estaba desquiciando. Hacía ya un buen rato que ni el bastón ni las alpargatas de Julián interpretaban su particular ritmo ternario. Tristán esperó, convencido de que el viejo se estaba tomando su tiempo para verter alguna ruda crítica sobre el color, el tipo de pintura o lo inadecuado del día para aquella faena. Lo que fuera, con tal de vaciarle encima su habitual amargura y malhumor. Así que se armó de paciencia y se preparó para buscar la contestación más tajante y descortés que se le ocurriera. Pero ningún nuevo sonido se produjo a sus espaldas. Ni una palabra. Ni un paso. Silencio. Se estaba cansando de este juego que sólo se hacía llevadero mientras hubiera algo que escuchar, y que se volvía insoportable cuando el silencio, lejos de transmitir ausencias, era fruto de alguna voluntad perversa.

No pudo aguantar más y se giró. Desconcertado, comprobó que Julián ni siquiera lo miraba. Ni a él, ni a su puerta. La mano que no sujetaba el bastón le estaba temblando y tenía la vista clavada en un papel pegado en la fachada de enfrente. Cuando el anciano volvió la cabeza, Tristán se quedó helado: en aquella mirada perdida se condensaban la eternidad y el vacío con una intensidad que nunca hubiera podido imaginar. Y comenzó a vislumbrar lo que uno debe sentir cuando el amigo de tu niñez, el que te acompañó como una sombra a pescar, a robar cerezas o a poner monedas en la vía del tren, te mira ahora, como congelado en el tiempo, desde la foto de una esquela.

Todos conocían a Marcelo. Todos, cada uno a su modo, habían detenido sus pasos y el ritmo de sus vidas en un breve y sencillo adiós. Es lo bueno de los pueblos pequeños.

Tristán no tuvo fuerza para continuar poniendo azul en su puerta. Y pensó que acompañar a Julián era sin duda lo más oportuno. Pasearon toda la mañana y ninguno de los dos se atrevió a romper el silencio hasta la despedida frente la puerta a medio pintar.

De allí a tres días, Tristán decidió que ya iba siendo hora de acabar lo empezado y volvió frente a su puerta con la brocha y el bote de pintura. Antes de comenzar a pintar se volvió hacia la fachada detrás suyo. No había ninguna esquela. Recordó una antigua canción de marinos que le enseñó su padre y se puso a silbar. Lo bueno de los pueblos pequeños es que la mayoría de los días no muere nadie, y el sol luce entonces sin impedimentos en la mirada de sus habitantes.


Juan Luis Blanco
8/3/2010

Temporal

domingo, 21 de febrero de 2010



Aquel único día de febrero hubiera bastado para saber lo que es un invierno. Y aquel temporal había hecho enmudecer hasta al más veterano de los pescadores que, hasta ayer mismo, paseaban sus huesos artríticos y sus hazañas por los diques del puerto. Y sin embargo, María decidió acercarse hasta el rompeolas, a pesar de que la naturaleza, en un despliegue descarado de sus peores modales, se empeñaba en gritarle que no.

Nadie la ayudó a recoger el amasijo de alambres y telas de flores en que se había convertido su paraguas cuando huyó de sus frías manos empujado por el vendaval. Al tercer paso de su tímida persecución se dio cuenta de que nunca lo alcanzaría, y de que, además, no merecía la pena. Ya estaba empapada y, quizás, la mano que le acababa de quedar libre podría serle más útil para sujetarse el gorro o el cuello del chubasquero.

Únicamente tres dedos quedaban visibles en el borde de aquella cortina que, en una de las ventanas de las casitas del puerto, volvió apresuradamente a cerrarse. Y tan real como el escalofrío que un golpe de viento le acababa de producir desde el espinazo hasta la nuca, era la mirada de lástima y desaprobación que intuyó tras aquella tela verde oliva. Y aún así, continuó caminando, peleando de frente contra un muro de aire y agua que por momentos se hacía impenetrable.

Hacía mucho frío y todo se estaba volviendo borroso, oscuro y grisáceo. Como si los colores hubieran decidido emigrar en busca de un clima más amable. A ratos, el viento ganaba la batalla y sus pies retrocedían patinando sobre el pavimento. El agua le caía como una cascada desde arriba, o la golpeaba desde cualquier lado según el capricho del viento, o le venía desde abajo cuando el vendaval levantaba los charcos del suelo. Pero estaba decidida. Quería llegar al rompeolas. Quería sentir el temporal y la furia del mar, y que el bramido de las olas se impusiera, ensordecedor, sobre las voces que ella no había podido acallar.

Estaba llegando. Ni un sólo ser vivo se cruzó en su camino, y, mientras divisaba las enormes estelas de espuma de las olas al chocar contra el dique, se pregunto dónde demonios estarían entonces los peces, los cangrejos, las medusas... Ya frente a frente con el mar, no tuvo tiempo de buscar una respuesta. Una brutal ráfaga de viento la arrojó al suelo envuelta en olores de salitre y barro, dejándola a escasos metros del río que bajaba bravo y muy crecido. Todavía en el suelo, un papel arrugado le golpeó la cara y quedó atrapado entre su piel húmeda y el cuello del chubasquero.

Con la cara pegada a los adoquines, frente a aquel mar enfurecido, bajo aquel temporal despiadado, María no supo encontrar urgencia mayor que satisfacer su curiosidad, y desplegó aquel papel. Era una partitura. Bach. El agua había difuminado las notas. Las líneas de los pentagramas comenzaban ya a fundirse entre sí. No iba a ser fácil interpretar aquello. Pero lo que más llamó su atención fue que estaba lleno de tachaduras. Un lápiz, guiado al parecer por una mano furiosa, había tachado la mayor parte de los pentagramas.

Otra embestida del viento y se sintió rodando por el suelo encharcado mientras veía volar hacia las nubes aquel pedazo de papel. ¿Cómo se podía emborronar aquella obra de arte? ¿Quién pudo hacer eso? ¿Por qué? Se sentía desorientada, mojada, y empezó a tener frío y verdaderas dificultades para respirar, pero... no podía quitárselo de la cabeza ¿Qué significaban aquellos enérgicos trazos? ¿Censura? ¿Desaprobación? ¿Impotencia? Y, ¿De dónde llegó ese papel en un día como aquel? ¿Tocaban el violín los atunes? ¿Era en realidad líquida la música? ¿Serían siempre de colores las notas bajo el agua?

Tres días más tarde cesó el temporal. Entre los restos que el mar había dejado en la playa se encontraron lo que quedaba de un paraguas de flores y, semienterrada en la arena, una madeja de cuerdas y astillas de madera que en su día había sido sin duda un digno violonchelo. Muy cerca yacía el cuerpo sin vida de María.


Juan Luis Blanco
17/2/2010

Alma de río

jueves, 4 de febrero de 2010


Bajan por el río crecido ramas, troncos, árboles... Algunos arrancados de raíz. Nadie se pregunta de dónde provienen, de qué lugar han sido desterrados. Se diría, por su formidable aspecto de titán vencido, que algunos proceden de valles salvajes donde las fuerzas de la naturaleza todavía se despliegan en libertad. Otros, sin embargo, parece que añoraran alguno de esos jardines que, pegados a alguna ribera de hormigón, nacieron para disfrazar de verde los espacios inútiles de los polígonos industriales. En cualquier caso, se presiente en su lenta e inevitable deriva un dolor resignado, el resto de una antigua dignidad teñida ahora de melancolía.

Están luego las infinitas ramas de tamaño menor, y las más pequeñas, y las casi insignificantes, que tratan de combatir su desolación de partes desgajadas agrupándose, anónimas y frágiles, en pequeñas islas vegetales que conforman un mapa imposible de archipiélagos móviles.

Flotan también trozos de madera de procedencias diversas: fragmentos astillados de puertas que en su día, vete tú a saber, quizás dieron paso a alguna maravillosa amistad, o sugirieron una media vuelta con el ruido maleducado de sus cerrojos.

Un tablero que, mutiladas sus patas, extraña los días en que fuera el centro de todas las reuniones. Cuando en su espalda sentía el calor y el aroma de las comidas, y el dulce aliento del cariño vertido junto a los alimentos en los pucheros. Cuando era testigo, bajo su vientre, del amor y los juegos de piernas entrelazadas. Cuando presenció reconciliaciones imposibles y pasiones irrefrenables.

Una caja rota que quizás fuera un cajón. Que a lo mejor albergó secretos inconfesables, objetos personales que hablaban en mil idiomas de sus dueños; o simplemente respiraba, con alivio y una pizca de envidia, los perfumes frescos y exóticos de la ropa recién lavada que le traía noticias del viento y el sol.

Una maleta vieja –¿Por el excesivo uso? ¿Quizás por que nunca viajó más allá de la puerta de un trastero?– flota independiente y solitaria en un crucero que probablemente nunca imaginó.

Un plástico naranja, un bidón oxidado, pedazos de poliuretano blanco, un objeto oscuro imposible de identificar, una pelota vieja de tenis, un bote de algún fantástico producto de limpieza que, paradojas de la vida, se transfigura en suciedad impúdica al final de sus días; llenan de cicatrices la superficie del río. Son las heridas de una civilización incivilizada. No son grandes pero son muchas. Demasiadas. Y tardarán en sanar.

Todo ello flota hoy mezclado en esta corriente terrosa en la que parece que nada se hunde. Y no hay forma de saber que ocurre bajo su opaca superficie. Y seguramente sea mejor así. Es probable que en algún lugar brille el sol y haya brotado ahora mismo una flor. No lo sé. Aquí el cielo es gris oscuro y el agua, que en los días azules y lejanos fuera espejo del cielo, se mantiene hoy imperturbable en ese marrón terco y espeso. Dicen que el hombre tuvo por primera vez consciencia de sí mismo al descubrirse reflejado en las aguas de un río. Yo hoy me miro en el río, y en sus aguas turbias no consigo verme.

¿O quizás sí?

Juan Luis Blanco
8/11/2009

El escalador asimétrico IV

domingo, 27 de diciembre de 2009

(Viene de: el escalador asimétrico III)

El camino de vuelta transcurre en la más absoluta armonía. Las sombras se alargan en el valle al tiempo que las cumbres comienzan a teñirse de naranja. Un cansancio pesado y dulce los colma, y su conversación es hoy un intercambio de silencios que no hace falta interpretar, porque desde sus andares hasta su respiración rebosan una placidez incuestionable.

Mark lo percibe de un vistazo nada más verlos salir de la penumbra del bosque. Y antes de que lleguen al lugar donde él y Pedro esperan sentados, se levanta y con una sonrisa de cuerpo entero les tiende la mano. Por la hora a la que vuelven y por la serena felicidad que impregna cada uno de sus gestos, sabe con certeza que lo han conseguido, pero quiere disfrutar aún más el momento escuchándolo de sus bocas.

–¿Qué tal os ha ido?

–Lo hemos logrado, Mark. Ha sido increíble. Me siento mejor que nunca. Hemos hecho la vía, he superado el paso clave del primer largo, he sentido nuevas sensaciones escalando y he descubierto que hay otro escalador en mí que no conocía –bombardea Daniel a un ritmo difícil de seguir.

Mark sabe perfectamente de qué está hablando Daniel pero aún así bromea y tras un fugaz guiño a Adela responde:

–¡Vaya! ¡Hemos pasado de escalador manco a escalador esquizofrénico! ¿Hay algún psicólogo por aquí? –tres carcajadas se unen a la suya, que sin duda supondrá una nueva arruga en su rostro.

–Hablo de otro escalador porque mi lesión me obliga a experimentar nuevas formas de pensar, de resolver y de actuar en la pared. Y aunque ese otro escalador no exista, mirar con su mirada me hace descubrir cosas que nunca había visto. Y también he aprendido que, por mucho que un problema se plantee siempre igual, es del todo ilógico tratar de resolverlo con la receta de siempre si tú no eres el mismo. Así que nada de esquizofrénico, no, tan solo un poco asimétrico –apuntilla Daniel verborreico y triunfante, urgido por la necesidad de explicar, de compartir todo lo que ha aprendido hoy.

En un gesto casi imperceptible, la cabeza de Mark no ha cesado de moverse de arriba a abajo mientras escuchaba a su joven amigo. Y aunque sean las de Daniel explicaciones que él ya hace tiempo que no necesita, en su cara luce primeriza una sonrisa nueva y perenne. Porque a veces, en compañía de ciertas personas, nadie sabe quién enseña a quién, pero todos sienten que han aprendido, que esa noche son un poquito más sabios. Con un sigilo y parsimonia infrecuentes en sus modos, Mark se lleva las manos a la nuca y se desprende de su mítico collar de colmillo de oso, el amuleto que acostumbra a acariciar cuando en los días de temporal, frente a sus más cercanos amigos y unos chupitos de orujo casero, relata con el entusiasmo de un niño sus innumerables aventuras: Yosemite, Black Canyon, Indian Creek,... ¡A cuántos lugares no los habrán transportado sus palabras mientras jugueteaba con el enorme diente entre sus dedos! Con los ojos enfocando al infinito, lo observa por unos segundos en la palma de su mano, como si toda una vida estuviera pasando ante ellos, y clavando su mirada en los de Daniel extiende el brazo hacia su amigo.

Éste, atónito, ni parpadea. No sabe qué decir, ni cómo reaccionar. Se siente abrumado. El regalo es a todas luces excesivo y permanece inmóvil por el efecto paralizante de tan inesperada sorpresa. Nadie que no conozca bien a Mark puede comprender el valor sentimental y el inmenso poder evocador de ese colgante. Nadie que no se haya embriagado de orgullo por un hijo podría tampoco interpretar en toda su magnitud el mágico brillo que en este instante ilumina sus ojos humedecidos.

Ante su granítica inacción, Mark se aproxima a Daniel y mientras le coloca con delicadeza el collar, se acerca a su oído y con fingida inocencia y una entonación manifiestamente teatral le pregunta: ¿Tú crees que todo esto que me has contado valdrá lo mismo para el mundo horizontal? Y acto seguido se funde en un largo e intenso abrazo con él.

Adela los observa emocionada. Mark lleva su eterna camiseta de tiras, la de las jornadas de escalada y buen tiempo. La cabeza de Daniel descansa sobre el hombro desnudo del gran hombre. Un hombro musculado, fibroso y de piel cobriza y lisa, excepto en una zona que parece más oscura, y de textura levemente irregular. Adela acaba de descubrir que esa mancha que rodea casi por completo el hombro de Mark debe de ser una vieja cicatriz que el tiempo y el sol han conseguido borrar casi por completo. No ha abierto la boca, pero en su mirada habita la curiosidad y un interrogante. Mark, que la ha estado observando, la mira entonces fijamente, como un animal que protege su territorio, y sus ojos se vuelven pequeños y de un azul intemporal y cómplice.

Llega el momento de la despedida que, aunque no es más que un hasta luego, pesa como un adiós perpetuo por lo intenso de lo que allí han vivido. Adela decide coger de la mano a Daniel, ya que no aprecia intención alguna de movimiento en su cuerpo. Éste la sigue, tropezando una y otra vez, porque camina de espaldas, como acostumbra a hacer cuando abandona los lugares que por la razón que sea merecen ser retenidos en la memoria.

Mark ríe ante la estrámbotica escena, y cuando se han alejado lo suficiente mira a Pedro y le dedica una sonrisa de triunfo y un gesto pícaro.

–¡Oye Daniel! –grita Pedro entonces–. Mark y yo vamos a intentar la vía el sábado. ¿Que te parece si quedamos mañana en el bar y me explicas con más detalle cómo va el paso del primer largo?

Daniel se detiene súbitamente y siente como si le hubieran robado el suelo bajo sus pies. Una mezcla de confusión, desasosiego e ingravidez lo invade. Aunque la respuesta es sencilla y evidente, en su mente se ha desatado una repentina tormenta de recuerdos, palabras y sentimientos imposibles de ordenar, y completamente desconcertado, escucha cómo surgen ya de su garganta, balbuceantes y trémulas, cuatro palabras que han escapado al control y al filtro de su cerebro:

–Mark. Cabrón. Te quiero.


Juan Luis Blanco
Octubre 2009

El escalador asimétrico III


(Viene de: el escalador asimétrico II)

A pesar de que su estado de ánimo no puede ser mejor, el eco lánguido de un tango gira y se repite mil veces en la cabeza de Daniel al ritmo de sus pasos. Las bandas sonoras de nuestras vidas son todo menos coherentes y parece que ni siquiera uno mismo las pudiera elegir –piensa. Han pasado casi dos meses desde la última vez que Daniel y Adela recorrieran ese mismo camino. El sol se adivina detrás de las montañas, y aunque todavía no ha iniciado su particular baile con las sombras del valle, promete un luminoso día para llevar a cabo el nuevo intento, el segundo ataque a la vía que desde aquel fatídico día ha poblado por igual sus pesadillas y sus sueños.

Las consecuencias de aquella tentativa fallida fueron desastrosas: otras seis semanas de reposo y muchas horas dedicadas a las heridas interiores, las que no se ven, ni sangran, ni producen moratones y que por ello resultan más difíciles de sanar como deben. Pero si algo había aprendido Daniel desde pequeño era a buscar el lado positivo que siempre nos muestran nuestras desgracias si lo sabemos buscar. Y puede sonar a frase hecha para la ocasión, a palmadita hueca en la espalda, pero es verdad –se reafirma Daniel. En ese infierno, él ha conocido a la mejor Adela, hasta el punto de que no sabe cuanto más hubiera tardado en recuperarse de no ser por la constante presencia de un ser tan encantador y positivo a su lado. Resulta imposible ser mero espectador de su optimismo. Uno se contagia sin remedio, por vía oral, cutánea, aérea o porque sí. Y Daniel sonríe al mundo, que es lo menos que uno puede hacer cuando es objeto de una suerte que hoy le parece infinita.

Tras el tercer puente sobre el arroyo el camino se bifurca. Por la vereda que sale a la izquierda se llega a la casita de Mark. El mensaje de humo de su chimenea les habla de aromas de café recién hecho sobre el fuego de leña. Mientras evoca el delicioso café de Mark, Daniel no puede evitar recordar sus palabras en aquel fatídico día. Tampoco un sentimiento de vergüenza por su propia reacción. Mark no es alguien a quien le guste fanfarronear ni mucho menos menospreciar a sus amigos –reflexiona Daniel mientras decide que le gustaría tener una conversación con él.

De repente, un silbido y sus cien ecos lo sacan de su ensimismamiento. La puerta de la casita de Mark está abierta y subido al tocón donde corta la leña “el abuelo” levanta y agita los brazos como si estuviera en lo alto de un podium. Es la peculiar manera de Mark de desearles suerte. Adela ríe a carcajadas y se sorprende a sí misma con un grito de alegría que le ha salido de no sabe bien dónde. Daniel ríe también, y mientras salta repetidamente levanta los brazos imitándolo. A pesar de la distancia, Mark alcanza a distinguir que el brazo izquierdo de Daniel no se levanta lo mismo que su brazo derecho y por un instante su rostro se ensombrece. Pero se sobrepone enseguida: – Aquí huele a buen café y a triunfo –se dice en voz alta como para convencerse mientras se agacha para atravesar la puerta que da a su pequeña cocina.

–¡Este hombre es único! –exclama Adela.

–¡Único y grande! –añade Daniel jugando con las palabras como en sus mejores tiempos.

Contagiados por la vitalidad matutina del “abuelo”, la dura pendiente de aproximación les parece hoy una suave rampa que prácticamente no han advertido, y en poco más de una hora alcanzan la base de la pared. Cuerda, arneses, cintas, mosquetones, cordinos, cascos, pies de gato... todo sale de la mochila en el mismo orden de siempre, y como para invocar a la suerte, pero principalmente para no dejar espacio a la fatalidad, todo se dispone y se ordena según la misma reincidente rutina. Pero a diferencia de la anterior ocasión, sus rostros tienen una expresión más grave, como si los fantasmas que desde hace unos minutos acompañan a Daniel hubieran adquirido súbitamente presencia y peso ante ellos.

Sintiendo la urgencia de saldar una deuda pendiente, Daniel decide comenzar sin dilatar demasiado los minutos previos. Están allí, es el momento, no hay marcha atrás. Se gira para decir algo a Adela pero sus labios lo encuentran antes. Sonríen nerviosos, como la primera vez que se besaron, y con una mirada que concentra una ternura y energía infinitas Adela le susurra: ¡Vamos!

A pocos metros del suelo la mente de Daniel se ha vaciado de todo lo que no sea su cuerpo, la pared y la fuerza de la gravedad. No existe nada más aparte de todo aquello que surja de la interacción de esos tres factores. Piensa en sus manos, en sus pies, en cómo poner, quitar o repartir su peso entre ellos, detecta y valora cada forma o hueco de la roca, anticipa los movimientos que habrá de combinar más arriba y, a medida que se aproxima al paso clave, trata de imaginar cómo se las apañó Pedro para resolver el problema.

Ahí está de nuevo. La laja parece hoy más inalcanzable. No puede ser, está demasiado lejos –se desanima prematuramente. Descarta completamente repetir el brusco movimiento con el que él mismo había resuelto el paso en otras ocasiones. Teme repetir el desastre de la otra vez. Mira la laja, la exigua regleta a su izquierda, el minúsculo resalte lateral a su derecha, la mínima protuberancia donde debería apoyar el pie izquierdo y su mente se bloquea mientras su cabeza se mueve de lado a lado esbozando un no que todavía no quiere creerse del todo. Y sin embargo, es consciente de que no encuentra ninguna solución. Y siente que el tiempo no pasa, más bien gira y se repite en una cantinela redundante de negaciones: no puedo, no llego, no encuentro, no puedo, no llego... El opresivo peso del desánimo se suma a la perseverante gravedad, y Daniel lucha en un esfuerzo desesperado por mantener su cuerpo en equilibrio y su mente en orden. Trata de fijar un ritmo en su respiración, de recuperar el tacto de la roca en sus pies y sus manos, y tras afirmarse en una postura menos incómoda, consigue serenarse un poco. Debe pensar.

Es imposible que Pedro superara el paso de este modo. Imposible que él llegara donde yo ahora ni sueño con alcanzar. Tiene que haber otra forma. Si él es más bajo que yo, necesito pensar como un escalador más pequeño. Necesito aprender sus recursos, sus movimientos. Olvidarme del escalador de 175 centímetros cuando entre en acción mi brazo izquierdo. Recuperarlo cuando sea el derecho quien ha de intervenir. Tan sencillo como eso: ahora soy dos escaladores –piensa con comedida ilusión y un moderado convencimiento.

Daniel comienza entonces a escudriñar la pared centímetro a centímetro. Y como si hubiera estrenado un nuevo modo de mirar, aparecen ante sus ojos un pequeño garbancito a su izquierda, que podría usar para un pie, y otra regleta algo lejana y decididamente escasa, que quizás sirviera para situar su mano derecha la fracción de segundo necesaria para que su izquierda alcance la laja. Está realmente sorprendido de su descubrimiento. Lo que acaba de encontrar siempre había estado ahí, y sin embargo, nunca lo había visto.

En cuestión de segundos decide la secuencia y Daniel pasa a la acción. Cierra los dedos de su mano izquierda como una tenaza sobre la primera regleta. Donde antes apoyaba el pie izquierdo sitúa ahora el derecho. Usa el resalte vertical para equilibrar el siguiente movimiento, que consiste en apoyar la punta de su pie izquierdo en el garbancito. Descubre que aunque en un precario equilibrio, su cuerpo sigue anclado a la pared y sin perder tiempo suelta su mano derecha de la presa lateral y agarra la minúscula regleta recién descubierta. Arquea los dedos con toda su alma. Duele. Duele mucho. Sólo necesita aguantar una fracción de segundo hasta que su mano izquierda alcance por fin la laja pero no confía del todo en que pueda resistir. Aún así se arriesga. Suelta su mano izquierda y, atónito, descubre que no está cayendo, que permanece amarrado a la roca, y que su mano, en un gesto instintivo mucho más veloz que su pensamiento, ha alcanzado ya su objetivo.

De sorpresa, de satisfacción, de rabia contenida; de celebración, de inmenso alivio, de infinito agradecimiento está lleno el grito que escapa impetuoso de su garganta. Grita también Adela. De luminosa felicidad.

Recuperadas en parte la respiración y la compostura, continúan la escalada. El resto de la vía les lleva unas cinco horas, aunque a ellos les parezcan la mitad. De puro disfrute. Daniel escala concentrado en la pared y en sus nuevas sensaciones. Y se siente muy ligero. Y a veces silba. Y a ratos canta, como antes del accidente. Y entre medias piensa, y sonríe, y se cuestiona cuánto tiene de limitación una lesión que le ha llevado a comprender otro modo de escalar. Y se pregunta cuánto pueden enseñarse mutuamente cada uno de los dos escaladores con quienes él se identifica desde hoy. Y vuelve a sonreír. Y vuelve a sonreír.

(Sigue en: el escalador asimétrico IV)

El escalador asimétrico II

martes, 22 de diciembre de 2009

(Viene de: el escalador asimétrico I)

El valle parece de repente un festival de sonidos, acentuados quizás por el mutismo en que se han sumido, como si hubieran acordado lo oportuno de un voto de silencio. Y desde luego el camino de regreso tiene algo de penitencia: incomoda el fresco susurro de la brisa en el hayedo, escuece el delicado crujir de las hojas sobre el camino, molestan los torrentes y sus variados borbotones, incordian los eufóricos cantos de los pájaros, exasperan los gritos de ánimo de otros escaladores a la entrada del valle y los juegos del eco que ya no hacen ninguna gracia. Duele todo aquello que está del otro lado de la piel.

De caminar con la mirada en el suelo casi no se han dado cuenta de que están ya saliendo del valle, y al girar detrás de un gran bloque les sorprende la presencia de un grupo de escaladores en la pared que se abre a su derecha.

Hola amigos, ¿cómo fue? –los saluda con su inconfundible castellano anglo-mexicano y una amplia sonrisa “el abuelo” Mark. Todos lo llaman “el abuelo” porque es el escalador más veterano de los que frecuentan el lugar, el que mejor conoce la zona y todas sus vías. Un día llegó y se instaló en una casita cerca de las paredes y hay quien dice que ha escalado todos los riscos de este valle. Afable, risueño, sereno, Mark se siente a gusto entre gente más joven que él, seguramente porque no debe de ser fácil encontrar gente que, a su edad, disfrute de un excedente de vitalidad tan extraordinario. Cuando escala, no cesa de animar a sus compañeros de cordada y tiene fama de conocer más de un millar de piropos en otras tantas lenguas que suele reservar para levantar el ánimo de quienquiera que sea la joven que se anime a escalar con él. Es una persona grande, entrañable, de ojos claros que brillan en destellos azules sobre su tez morena y sólida surcada por infinidad de fisuras y grietas. –Estas arrugas son las huellas de todas las risas que fueron de verdad –suele decir en ocasiones con voz profunda y mirada reflexiva... que irremediablemente va seguida de una sonora y contagiosa carcajada.

Pero la sonrisa que hoy boceta su rostro es de otro tipo. Y Daniel la agradece, porque en la cara de Mark la alegría es siempre una expresión desmesurada, y un gesto tan resumido no puede ser sino inequívoco signo de preocupación.

–¿Hubo algún problema? –pregunta Mark, consciente de que vuelven demasiado temprano.

–Sí, el paso clave del primer largo. Mi hombro no da –telegrafía Daniel con voz abatida y una ausencia sospechosa de expresión en su rostro.

–¡Ah! Lo recuerdo. Hace dos semanas la hicimos Pedro y yo. Es un paso delicado, sí –comenta Mark mientras baja la vista y se rasca una oreja con sus enormes dedos.

–¡Adiós! –se despide Daniel con una energía que parece provenir de lo más oscuro de su alma. Y comienza a caminar con airada determinación, dejando a Adela varios metros por detrás. Al igual que el torrente de pensamientos que le está siendo imposible ordenar, cada paso que da es más rápido y menos preciso y tropieza violentamente contra un pedrusco. Mucho mayor que la suma de todos sus dolores es ahora la presión con la que el nudo de su estómago se está tensando, la incontenible hemorragia de su orgullo herido: Pedro no mide más de un metro y sesenta centímetros.

Adela y Mark se miran por un instante. Él sonríe y le guiña un ojo, pero a diferencia de otras ocasiones esta vez su mirada es triste. No es el donjuán zalamero de los días felices, es el Mark que hace suya la tristeza de sus amigos. Y Adela le sonríe también, con su mejor sonrisa “gracias-saldremos-de-ésta”.

(Sigue en: el escalador asimétrico III)

El escalador asimétrico I

viernes, 20 de noviembre de 2009

Un paso tras otro Daniel va amontonando pensamientos, repitiéndolos como un rosario. Las piernas acusan la fuerte pendiente mientras el sol va licuando los últimos rastros de escarcha de los prados. Sabe con certeza que el esfuerzo merecerá la pena, que precisamente gracias a esa dura caminata gozará del privilegio que supone compartir un muro vertical de 350 metros únicamente con su amiga y compañera habitual de cordada.

El camino es sinuoso y exige concentración: esquivar la roca, recordar el nudo de encordamiento, no tropezar con el tronco caído, repasar el ritual de seguridad, calcular el salto para evitar el torrente, volver a interiorizar los trucos para superar el miedo, vigilar el precipicio que se derrama a su izquierda, enfrentarse cara a cara con su lesión de hombro... Aaaaah! su pierna derecha acaba de invadir un gran orificio en la tierra. Quizás una familia de topos haya visto en ese momento desaparecer su desayuno bajo una gran garra acorazada con piel sintética y goma –piensa Daniel mientras se da cuenta de que no ha sido más que un susto.

La avalancha de pensamientos cesa y aprovecha el parón para observar la pared a la que se dirigen. Ocho meses después del accidente se enfrenta de nuevo a un desafío vertical, a un sinfín de problemas que se suceden uno encima de otro a lo largo de una inmensa pared de caliza. Nadie más que él sabe lo duro que han sido esos meses sin elevar la mirada a nada que no fuera un semáforo o una ardilla del parque.

En pocos minutos alcanzan la base de la pared y comienza el casi olvidado ceremonial preparatorio. Y a pesar del tiempo transcurrido, el orden y el reparto de las tareas se desarrolla como una antigua rutina recuperada. Tras colocarse ambos el arnés, Adela se encarga de desenrollar y ordenar la cuerda. Mientras, Daniel se deleita con el alegre tintineo de las cintas express al disponerlas en su portamaterial. ¡Cuánto tiempo sin escuchar esa música! Daniel ya ha empezado a disfrutar antes de comenzar siquiera la escalada. Y a Adela se le han llenado los ojos con los hoyuelos que desde hace un rato enmarcan la sonrisa de su compañero.

Entonces llega el ansiado momento.

La vía es conocida para ellos y saben que la máxima dificultad se encuentra en el primer largo, a tan sólo 20 metros del suelo. Daniel dedica una mirada cómplice a su compañera, vuelve a mirar hacia arriba mientras se embadurna las manos de magnesio y, sin girarse, dice: ¡Voy!

La felicidad lo empuja en los primeros metros y el reencuentro con sensaciones casi olvidadas lo embarga. Aunque se siente un poco torpe sube a un ritmo constante, disfrutando cada paso, midiendo cada decisión, sopesando las soluciones al problema que supone cada nueva postura. Adela lo sigue atenta con una mirada que es a la vez empuje y esperanza.

–Al fin y al cabo no lo he olvidado todo –se anima Daniel emocionado.

Sus movimientos van recuperando la frescura y la seguridad de antaño. Daniel siempre había sido un escalador elegante: ni un movimiento de más, ni un gesto excesivo, ninguna pirueta innecesaria.
La total ausencia de espectacularidad y la abrumadora armonía de sus movimientos eran su sello. Se crecía ante las dificultades, mostrando siempre un temple envidiable cuando se trataba de resolver situaciones críticas. Y sabía que en pocos minutos iba a tener que enfrentarse a una de ellas.

Después de varios movimientos relativamente sencillos, y mientras pasa la cuerda por el último seguro, Daniel acaba de ver el problema a escasos dos metros por encima de su cabeza: una gran laja que deberá alcanzar con la mano izquierda precedida de nada reseñable que asir un metro y medio por debajo. Y se concentra hasta en el más mínimo detalle de la pared: una miserable regleta, donde a duras penas consigue apoyar la primera falange de tres dedos de su mano izquierda; algo más arriba y a su derecha, un ínfimo resalte vertical, que le servirá como precaria presa lateral para su mano derecha; una mínima protuberancia, que tendrá que servirle para apoyar su pie izquierdo y empujar todo el peso de su cuerpo, mientras el pie derecho trata de adherirse a la nada y su brazo izquierdo se estira hacia la laja salvadora.

A pesar de su dificultad el gesto es familiar para Daniel y lo ejecuta con decisión. Pero su mano queda a casi 20 centímetros de su destino. Algo sorprendido recupera su postura y prepara el nuevo intento lo antes posible, pues entretenerse en ese paso supone perder la fuerza que luego va a necesitar más arriba. Lanza su mano, ahora con toda la energía que ocho meses de resignación y reposo forzado le han aportado. Esta vez casi alcanza el objetivo pero su brazo parece tener un tope y vuelve a fracasar en el intento. Presa del nerviosismo su pie izquierdo resbala y obliga a sus manos a un esfuerzo sobrehumano por no caer. El canto afilado de la regleta esta clavándosele en las yemas de los dedos de su mano izquierda pero él se niega a soltarla. Mientras, vuelve a colocar su pie izquierdo en el lugar en que estaba, pero nota un terrible cansancio en el antebrazo derecho que le hace temer que su mano se abra y pierda la estabilidad. Un temblor recorre su pierna izquierda, que es el punto que fundamentalmente lo sostiene en su posición, y el temple de Daniel se empieza a descomponer. Y no queda nada de la elegancia de hace unos minutos. Y comienza a sentir la humedad. Primero en la frente como sudor frío. Y enseguida en las yemas de los dedos. Minúsculas gotitas que van aflorando en su piel primero, humedeciendo la roca después y formando una resbaladiza masilla de sudor, magnesio y tierra finalmente. El asunto está muy feo –piensa. No puede soltar ninguna de las manos para darse magnesio. Tampoco puede perder más tiempo. El riesgo se multiplica a cada segundo. Trata de asegurar el apoyo del pie izquierdo. Recoloca su mano derecha. Aprieta los dedos de su mano izquierda sobre la regleta, aguanta el dolor como puede, cierra los ojos, apoya todo su peso en el pie izquierdo, grita mientras eleva su cuerpo, estira su brazo izquierdo con más rabia que fuerza, y entonces, en lugar del reconfortante tacto de la amplia laja sobre la palma de la mano, lo que siente es un horrible latigazo en el interior de su hombro y una inesperada aunque conocida sensación de ingravidez.


Y Daniel cae.

Adela lo mira paralizada. Sus ojos son la tristeza, son el infierno, son la rabia y el deseo infinito de eliminar la gravedad por un segundo. Y, como tantas otras veces, la impotencia se ha vuelto líquida y los está ya inundando, desbordando, bañando sus pálidas mejillas.

Daniel permanece inmóvil, colgado de la cuerda que lo ata a una vida que en este momento ni siquiera le importa. A pesar del agudo dolor en su hombro no profiere la más mínima queja. Guarda un silencio oscuro y estremecedor, porque sabe que ni el más desgarrador de los gritos lo ayudaría a aliviar ese otro dolor que ahora mismo lo atenaza y lo comprime. Sus ojos son el vacío y la desolación absoluta, y, como le solían decir a veces de niño: las lágrimas le están cayendo para adentro.

Tras un minuto en el que Daniel ni se mueve ni emite sonido alguno Adela decide descolgarlo hasta el suelo, y al ir a preguntarle si se ha hecho daño, comprende que la respuesta está ya en su cara y que no hay palabra que él pueda pronunciar que supere en elocuencia a su mirada perdida. Callados, recogen la cuerda y el material, y descienden por donde habían venido.

(Sigue en: el escalador asimétrico II)