Memoria de olvidos

sábado, 28 de mayo de 2011

Incumpliendo nuevamente lo previsto olvidó la estrategia que había planeado para acordarse de su cumpleaños. Extravió el papel en que apuntó la fecha y perdió el cordel rojo que le hubiera recordado dónde guardó la nota. Agradecía de todos modos que la mala memoria le hiciera el inmenso favor de olvidar sus incontables despistes. A estas alturas de su vida sus recuerdos eran ya superados con creces por sus olvidos, y era también de justicia que su memoria no se autocastigara recordándolos. De todos modos, nada importaba: hacía tiempo que tampoco sabía en que día vivía.


Juan Luis Blanco
27/5/2011

Ola y adiós

lunes, 23 de mayo de 2011

Todavía la recuerdo. No me pidió el voto ni amor eterno. Acarició mis tobillos, perfumó la brisa de salitre y alfombró el mediodía de mar y rosas. Luego, discretamente, se retiró.


Juan Luis Blanco
23/5/2011

Anuncio

domingo, 10 de abril de 2011

Compro conclusiones nuevas. Vendo prejuicios usados. 605908889.


Juan Luis Blanco
9/4/2011

Mundo Stornäs

lunes, 4 de abril de 2011
Mientras caminaba entre muebles y parejas de jóvenes por el intrincado laberinto del centro comercial, se me ocurrió que una visita al Ikea era probablemente la prueba de fuego para una pareja que ha decidido iniciar una convivencia. Precios, colores, volúmenes, espacios, gustos, costumbres, presupuestos, espectativas... ¡Hay tantas oportunidades para el desencuentro que salir de la mano de tu pareja constituye sin duda una proeza!

Afortunadamente yo iba solo, pero en ocasiones se me contraían las entrañas si alguna de aquellas discusiones contenidas llegaba de pasada hasta mis oídos. Lejos de sentir alivio, me indigestaba la aspereza de aquellas discrepancias ajenas. Opté por el autoengaño y decidí que también podía ser hambre, así que acabé mi compra y me fui directo al self-service a trincarme un sabroso codillo. Y entonces los ví.

Yo diría que ya habían celebrado sus bodas de oro, y charlaban muy tranquilos, muy discretos, muy sosegados, delante de sus respectivos platos de albóndigas. 105 centímetros de mesa Stornäs creaban entre ellos un espacio que se diría de una densidad diferente. Como si, además de un tempo más pausado, la vida tuviera otro sabor en aquella cuadrícula independiente. Eran mis héroes.

Entonces ella fijó su mirada en la mujer que se acercó a paso de autómata a recoger, con gesto resignado y cara de fatiga, los restos de comida de las mesas contiguas. Cesó en aquel momento su charla y su sonrisa. Sus ojos, apagándose por momentos, la seguían de mesa en mesa. Su cara se nubló y se inundó de lástima y ternura. Quizás imaginó que algún hijo la estaría esperando en casa. Era 8 de marzo.

Como un niño a un animal exótico del zoo, su compañero observaba perplejo al joven que se encontraba dos mesas a su izquierda. También había pedido las albóndigas de oferta, aunque en media hora no había comido más que tres. Era difícil definir su gesto: ni triste, ni preocupado, ni relajado, ni contento... En todo aquel tiempo no había despegado sus dedos ni su mirada del móvil. Parecía muy solo.

¿Nos vamos? —dijo suavemente ella–. Y se levantaron. El hombre se rezagó unos metros. A través del amplio ventanal, miraba con gesto ceñudo la inmensa plantación de grúas, vallados y pivotes donde germinarían nuevos centros comerciales. Envuelta en una sonrisa, ella se arreglaba la bufanda mientras volvía en su busca. Se detuvo unos segundos detrás de él. En silencio. Luego lo cogió del brazo y caminaron hacia la salida. Los seguí con la vista hasta que desaparecieron. No se soltaron.

Quedó tras ellos un invisible remolino de armonía. Permanecí inmóvil unos minutos degustándolo. Luego me levanté, observé distraídamente el dedo eléctrico del chico del móvil, regalé mi mejor sonrisa a la mujer que recogía las mesas y me marché entre regaderas de chapa galvanizada y rodillos adhesivos antipelusa. Salí del parking y tomé la carretera del norte. La sonrisa me duró hasta el anochecer.


Juan Luis Blanco
4/4/2011

Brevísimo inventario de hábitos, gustos e intereses

domingo, 27 de marzo de 2011

Le divertía caminar mirando al cielo porque todo el suelo era camino para ella. Admiraba el horizonte porque nunca conoció límite más llevadero.
Le interesaban las banderas. Siempre fue el método más rápido para saber qué nombre poner al viento.


Juan Luis Blanco
26/3/2011

Ecos

miércoles, 16 de marzo de 2011
Como todos los mediodías Lucía dejó escapar una sonrisa al escuchar la segunda campanada que el eco travieso siempre añadía al solitario tañido de la torre de la iglesia. Por supuesto, no eran todavía las dos, así que iba bien de tiempo para llegar al restaurante, y continuó maquillándose sonriente mientras se preguntaba por qué aquel fenómeno que se repetía todos los días le seguía resultando gracioso. Pero aquel día, quizás porque se disponían a celebrar un aniversario, le dió por pensar en el tiempo que necesitan algunos fenómenos para suceder, en cuánto tarda el sonido en atravesar el valle, o cuánto necesita un rayo de luz para llegar desde una estrella. Entonces dejó el lápiz de labios y quedó mirándose fijamente a los ojos, a su imagen reflejada. Congelada. Pensativa.

Aunque fuera en unidades de tiempo ínfimas y prácticamente imposibles de desgajar del presente, sabía que la imagen del espejo era más joven que ella. Observado con rigor, era evidente que para cuando la luz de la lámpara hubo incidido en su retina tras haberse reflejado primero en su piel y luego en el espejo, ella ya no era la misma. Estaba mirando una imagen pasada. Sin saber siquiera en que órgano de su cuerpo tenía lugar la percepción del paso del tiempo, agradeció que éste fuera lo suficientemente impreciso como para no tener que lidiar a diario con este mínimo pero inquietante retardo.

Ya camino de la muralla consideró la enorme suerte que suponía el hecho de que la mayoría de los fenómenos naturales se rigieran por leyes que hasta la fecha se habían demostrado mayormente invariables. Tan sólo de pensar en velocidades de caracol para la luz, o en un sonido imperecedero que siguiera rebotando eternamente en todos los objetos, le entraban mareos. Qué sería saber que las personas que uno ve probablemente no se encontraran ya en ese lugar, tener la certeza de que para cuando nuestros amigos desaparecieran de nuestra vista hace tiempo que se habrían ido. Sentir la escalofriante sensación de que ya estábamos solos antes de que tal circunstancia fuera evidente. O escuchar, entre el caótico murmullo de millones de ecos, el sonido de palabras que uno dijo años atrás y tratar de digerir la rotundidad imberbe de afirmaciones que hoy no haríamos ni en voz baja, o lo que quizás sea peor, que nuestra propia voz nos enfrentara a la vergüenza de que, ajenas a todos los cambios y transformaciones de nuestro alrededor, ya sólo nuestras convicciones permanecieran inalterables y urgidas de revisión.

Lucía salió de este remolino de pensamientos cuando enfilaron la cuesta que llevaba al mesón donde habían decidido celebrar su cumpleaños. Entonces gritó todo lo fuerte que pudo: “ahoraaaaaaaaaa”. Esperó. Uno. Dos. “Ahoraaaaaaaa” respondió la pared rocosa del otro lado del valle y soltando la mano de su mamá, comenzó a corretear haciendo eses con los brazos extendidos como un pájaro. Sobresaltada por el inesperado alarido, su madre se llevó las dos manos al pecho. Y, mientras recobraba el ritmo de su respiración, no pudo evitar pensar en lo terriblemente infantil que era su hija por mucho que, a sus trece años recién cumplidos, se le hubiera ocurrido comenzar a maquillarse para aparentar una edad que todavía no tenía.


Juan Luis Blanco
15/3/2011

Proyecto urgente

miércoles, 23 de febrero de 2011
No la conocía demasiado. Lo suficiente para saber que nada en su vida fue fácil, que algunas tardes paseaba hasta el faro con su amiga de la niñez y que en ocasiones se hacía acompañar por un café en la fría terraza del puerto. Que nadie recuerda si alguna vez la fortuna caminó a su lado. Que si algún día el azar se equivocara, y los agraciados por la lotería fueramos todos, ella habría perdido su boleto. Que la “s” del diccionario era probablemente el único lugar donde alguna vez encontró la suerte.

No la conocía demasiado, pero sospechaba que nada bueno podía significar aquel pañuelo rojo con que ocultaba su cabeza pelada, que su rostro era la clara imagen de la terrible factura que estaba pagando por seguir viva y que su silencio no era ya tanto timidez como desesperanzada resignación.

No la conocía demasiado, pero me alegré mucho el día que volvi a ver aquella exigua mata de pelo sobre su cabeza, la tarde en que descubrí que en algún ignoto lugar encontró la fuerza para superar el cáncer, el momento en que celebré que su encomiable esfuerzo se viera por una vez recompensado.

No la conocía demasiado. Perdí todas las ocasiones de hacerlo. Esta mañana la atropelló un tractor. Desparramó su vida sobre los adoquines. Siento vergüenza de estar vivo, de ser afortunado, de estar respirando la suerte que ella nunca disfrutó. Compro al precio que sea un manual para proyectar paraísos. Necesito urgentemente construír un cielo para ella.


Juan Luis Blanco
22/2/2011