Ecos

miércoles, 16 de marzo de 2011
Como todos los mediodías Lucía dejó escapar una sonrisa al escuchar la segunda campanada que el eco travieso siempre añadía al solitario tañido de la torre de la iglesia. Por supuesto, no eran todavía las dos, así que iba bien de tiempo para llegar al restaurante, y continuó maquillándose sonriente mientras se preguntaba por qué aquel fenómeno que se repetía todos los días le seguía resultando gracioso. Pero aquel día, quizás porque se disponían a celebrar un aniversario, le dió por pensar en el tiempo que necesitan algunos fenómenos para suceder, en cuánto tarda el sonido en atravesar el valle, o cuánto necesita un rayo de luz para llegar desde una estrella. Entonces dejó el lápiz de labios y quedó mirándose fijamente a los ojos, a su imagen reflejada. Congelada. Pensativa.

Aunque fuera en unidades de tiempo ínfimas y prácticamente imposibles de desgajar del presente, sabía que la imagen del espejo era más joven que ella. Observado con rigor, era evidente que para cuando la luz de la lámpara hubo incidido en su retina tras haberse reflejado primero en su piel y luego en el espejo, ella ya no era la misma. Estaba mirando una imagen pasada. Sin saber siquiera en que órgano de su cuerpo tenía lugar la percepción del paso del tiempo, agradeció que éste fuera lo suficientemente impreciso como para no tener que lidiar a diario con este mínimo pero inquietante retardo.

Ya camino de la muralla consideró la enorme suerte que suponía el hecho de que la mayoría de los fenómenos naturales se rigieran por leyes que hasta la fecha se habían demostrado mayormente invariables. Tan sólo de pensar en velocidades de caracol para la luz, o en un sonido imperecedero que siguiera rebotando eternamente en todos los objetos, le entraban mareos. Qué sería saber que las personas que uno ve probablemente no se encontraran ya en ese lugar, tener la certeza de que para cuando nuestros amigos desaparecieran de nuestra vista hace tiempo que se habrían ido. Sentir la escalofriante sensación de que ya estábamos solos antes de que tal circunstancia fuera evidente. O escuchar, entre el caótico murmullo de millones de ecos, el sonido de palabras que uno dijo años atrás y tratar de digerir la rotundidad imberbe de afirmaciones que hoy no haríamos ni en voz baja, o lo que quizás sea peor, que nuestra propia voz nos enfrentara a la vergüenza de que, ajenas a todos los cambios y transformaciones de nuestro alrededor, ya sólo nuestras convicciones permanecieran inalterables y urgidas de revisión.

Lucía salió de este remolino de pensamientos cuando enfilaron la cuesta que llevaba al mesón donde habían decidido celebrar su cumpleaños. Entonces gritó todo lo fuerte que pudo: “ahoraaaaaaaaaa”. Esperó. Uno. Dos. “Ahoraaaaaaaa” respondió la pared rocosa del otro lado del valle y soltando la mano de su mamá, comenzó a corretear haciendo eses con los brazos extendidos como un pájaro. Sobresaltada por el inesperado alarido, su madre se llevó las dos manos al pecho. Y, mientras recobraba el ritmo de su respiración, no pudo evitar pensar en lo terriblemente infantil que era su hija por mucho que, a sus trece años recién cumplidos, se le hubiera ocurrido comenzar a maquillarse para aparentar una edad que todavía no tenía.


Juan Luis Blanco
15/3/2011

3 comentarios:

vagamontañas dijo...

Como siempre... genial.

Anónimo dijo...

¡Cuánto daño hace el cine!
Oso polita!

Juan Luis dijo...

:-)

Eskerrik asko "vagamontañas" eta "anónimo"

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