Mundo Stornäs

lunes, 4 de abril de 2011
Mientras caminaba entre muebles y parejas de jóvenes por el intrincado laberinto del centro comercial, se me ocurrió que una visita al Ikea era probablemente la prueba de fuego para una pareja que ha decidido iniciar una convivencia. Precios, colores, volúmenes, espacios, gustos, costumbres, presupuestos, espectativas... ¡Hay tantas oportunidades para el desencuentro que salir de la mano de tu pareja constituye sin duda una proeza!

Afortunadamente yo iba solo, pero en ocasiones se me contraían las entrañas si alguna de aquellas discusiones contenidas llegaba de pasada hasta mis oídos. Lejos de sentir alivio, me indigestaba la aspereza de aquellas discrepancias ajenas. Opté por el autoengaño y decidí que también podía ser hambre, así que acabé mi compra y me fui directo al self-service a trincarme un sabroso codillo. Y entonces los ví.

Yo diría que ya habían celebrado sus bodas de oro, y charlaban muy tranquilos, muy discretos, muy sosegados, delante de sus respectivos platos de albóndigas. 105 centímetros de mesa Stornäs creaban entre ellos un espacio que se diría de una densidad diferente. Como si, además de un tempo más pausado, la vida tuviera otro sabor en aquella cuadrícula independiente. Eran mis héroes.

Entonces ella fijó su mirada en la mujer que se acercó a paso de autómata a recoger, con gesto resignado y cara de fatiga, los restos de comida de las mesas contiguas. Cesó en aquel momento su charla y su sonrisa. Sus ojos, apagándose por momentos, la seguían de mesa en mesa. Su cara se nubló y se inundó de lástima y ternura. Quizás imaginó que algún hijo la estaría esperando en casa. Era 8 de marzo.

Como un niño a un animal exótico del zoo, su compañero observaba perplejo al joven que se encontraba dos mesas a su izquierda. También había pedido las albóndigas de oferta, aunque en media hora no había comido más que tres. Era difícil definir su gesto: ni triste, ni preocupado, ni relajado, ni contento... En todo aquel tiempo no había despegado sus dedos ni su mirada del móvil. Parecía muy solo.

¿Nos vamos? —dijo suavemente ella–. Y se levantaron. El hombre se rezagó unos metros. A través del amplio ventanal, miraba con gesto ceñudo la inmensa plantación de grúas, vallados y pivotes donde germinarían nuevos centros comerciales. Envuelta en una sonrisa, ella se arreglaba la bufanda mientras volvía en su busca. Se detuvo unos segundos detrás de él. En silencio. Luego lo cogió del brazo y caminaron hacia la salida. Los seguí con la vista hasta que desaparecieron. No se soltaron.

Quedó tras ellos un invisible remolino de armonía. Permanecí inmóvil unos minutos degustándolo. Luego me levanté, observé distraídamente el dedo eléctrico del chico del móvil, regalé mi mejor sonrisa a la mujer que recogía las mesas y me marché entre regaderas de chapa galvanizada y rodillos adhesivos antipelusa. Salí del parking y tomé la carretera del norte. La sonrisa me duró hasta el anochecer.


Juan Luis Blanco
4/4/2011

5 comentarios:

Anónimo dijo...

En lo que concierne a Ikea, yo a Bilbao y tu a Zaragoza, porsiaca!!

La anónima

Arabel dijo...

Es verdad que IKEA es una prueba de fuego,pero es mucho más...
Yo he llorado delante de una cómoda cuando instintivamente fuy a comprarla por segunda vez tras romper con mi pareja de siempre... (Es que no me gustaba ninguna más que la que había dejado igual en el dormitorio común, toda una metáfora).

Y una vez una amiga me llamó llorando para contarme cómo envidiaba a una pareja que discutía en IKEA... mientras ella no tenía con quién pelearse por la lámpara...

Somos humanos...

Juan Luis dijo...

...yo creo que la siguiente, aprovechando que me falta una funda de almohada, me voy a pasar por su sede central en Suecia... ;-)

Juan Luis dijo...

Ufff, Arabel! Qué dos historias! Se me están volviendo a encoger las tripas... y esta vez seguro que no es hambre...

Anónimo dijo...

Los apuntes del relato detallados en la hoja de compra, es la historia de este relato que lo completa a la perfección.

Ana.

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