Estaba nervioso porque era la primera vez que escribía la letra de una canción. Lo suyo eran los cuentos y los desvaríos de insomne. Por suerte, el temblor de su mano cesó al tiempo de apoyar la punta de grafito sobre el papel. Comenzó el primer trazo pausado, desde arriba y hacia atrás primero, despacio, como quien mira a su espalda o recolecta recuerdos. Siguió retrocediendo a la par que descendía y tomaba velocidad con energía renovada dirigiéndose con decisión a la base de aquel medio círculo. Pasado este punto, comenzó a despegar como un avión, hacia adelante y hacia arriba como los buenos augurios, y luego, en un cambio radical de trayectoria, dibujó una vertical desafiante y orgullosa de sí misma. Entonces se detuvo. Demasiada precipitación. Tocaba parar antes de que fuera tarde. Y retroceder, en un repliegue horizontal y retrospectivo, sobre la nada y hacia el interior de lo creado hasta entonces.
Permaneció largo rato en aquel trampolín hacia adentro, en aquel balcón con vistas a los límites recién creados. Estaba perplejo. Miraba a aquel perfecto cerco ante sí, cerrándole el paso, negándole el horizonte, mostrándole un recorrido familiar, casi autobiográfico... No dejaba de repetirse que él mismo había construído aquel callejón sin salida. Se maldijo por haber elegido aquella nefasta letra para comenzar el primer verso. Ya ni recordaba la palabra que iba a escribir y además le daba igual. No pensaba continuar. Una amiga le dijo una vez que prefería sus relatos cortos —recordaba uno de tan sólo cuatro palabras—, pero esto iba a superar todas sus expectativas: ¡una sola letra! Le gustase o no, al menos le iba a hacer Gracia... Con G mayúscula.

27/05/2013