
Como otros años salió de Zeven el 30 de junio camino de Pamplona. Solía darse una semana porque era el tipo de persona que adora el viaje tanto como el destino y no desaprovechaba las ocasiones para facilitar los encuentros, ya fueran con lugareños o con viajeros como ella. Apenas quedaban unos minutos para el mediodía del día seis, y ya estaba empapada en sudor. Mientras se preguntaba cómo era posible que entrara tanta gente en la plaza del ayuntamiento le vino a la mente la imagen de Raymond, el marino que conoció en La Rochelle. Recordó las caracolas de su pelo, sus manos rudas y agrietadas, su dulce y serena mirada. Los cánticos la devolvieron de nuevo a la plaza. La gente se empujaba, reía, gritaba en todos los idiomas imaginables. Era prácticamente imposible escuchar el pregón. Disfrutaba con aquel espectáculo pero se sentía incómoda. Además del sofoco comenzaba a sentir mareos. Y claustrofobia. Aguantó hasta escuchar el chupinazo. Con el vello erizado por la emoción apagó el minitelevisor, salió a la cubierta del velero y gritó: Ray, tu sabes si el Arga es navegable? No tengo ni idea —respondió él. Y acompañó el giro del timón con una sonora y luminosa carcajada.
6/7/2011