45 años y un día

domingo, 2 de mayo de 2010

Cada cumpleaños recuerdo aquella escena. Ella miraba al frente, a lo lejos. Paseaba la vista por los veleros a través del gran mirador sobre el puerto. Él hundía la mirada en su plato y, de vez en cuando, levantaba la cabeza para comprobar que los motivos marineros del interior del restaurante permanecían en el mismo lugar que la víspera. Como todos los días desde hacía años, ocupaban la misma mesa para cuatro. Como siempre, una silla vacía enfrente de cada uno de ellos los delataba, y hablaba en silencio de tormentas, de naufragios y de islas de las que era imposible volver. Y a pesar de todo, parecía haber un “ellos” en aquella angustiosa situación en la que el único pacto imaginable era precisamente el de evitarse mutuamente, por muy cerca que las costumbres más arraigadas —como la de compartir mesa a la hora de comer— acabaran situándolos.

Al poco tiempo de comenzar a frecuentar aquel lugar me dí cuenta de que aquella singular pareja era casi parte de la decoración del mismo: ella, la vista al frente, hacia el puerto; él, la mirada hundida en su plato. A mi modo de ver, ya era bastante rutinario comer siempre en el mismo restaurante como para hacerlo además en la misma mesa y en las mismas posiciones todos los días. Durante los dos años en que lo frecuenté traté de sentarme cada día en un sitio diferente, convencido de que, atendiendo a estos pequeños detalles y con un poco de esfuerzo, se podía impedir que la rutina, marcando el ritmo y el rumbo de nuestras vidas como acostumbra, acabara robándonos el brillo de nuestros ojos.

Con el paso de los meses tuve la ocasión de presenciar aquella tensa escena desde todos los ángulos posibles. En ocasiones me sentaba en una mesa frente a la mujer, en otras frente a su compañero. Algunas veces me colocaba de modo que pudiera ver sus perfiles... Nunca observé variaciones: ella, la vista al frente, hacia el puerto; el, la mirada hundida en su plato. En no pocas ocasiones me preguntaba cómo debía de ser sentirse solo en compañía de otra persona a la que nada te une aparte de la costumbre, y aunque sólo fuera por una necia comparación, me regocijaba en mi soledad de solitario, de hombre libre. Pero, a pesar de esta discutible argucia para sentirme mejor, nunca pude evitar una estremecedora sensación de vértigo al constatar a diario la invariable tenacidad con que la rutina teje los hilos que cuadriculan nuestras vidas. A menos que nos acordemos de luchar contra ella.

Nunca los oí hablar hasta que un día un joven se aproximó a su mesa —ella, la vista al frente, hacia el puerto; él, la mirada hundida en su plato—. Comió con ellos e intentó en varias ocasiones iniciar un diálogo que de antemano sabía condenado a terminar en monólogo. Tan sólo la tarta que puso sobre la mesa hacía pensar que allí pudiera estar teniendo lugar una celebración. Deduje que era su aniversario y empujado por la lástima y un ingenuo afán reparador, quise contribuir a romper una monotonía que parecía haber resistido todos los embates hasta aquel momento. Me armé de valor y me dirigí a ellos:

—¡Felicidades! Veo que celebran su aniversario ¿Cuántos años llevan casados?

—45 años y un día —respondió secamente el hombre. Y en su rostro, una mueca con una remota vocación de sonrisa murió a medio camino en un gesto inerte, cansado y profundamente descorazonador. En su mirada apagada e indiferente se enredaban las sombras de mil cadenas perpetuas. Ella probablemente ni me vio.

Como la lluvia en el mar. Así se diluyó mi primera y última tentativa. A partir de entonces, cada vez que los veía —ella, la vista al frente, hacia el puerto; él, la mirada hundida en su plato—, pensaba en la extraña costumbre de añadir un día a las condenas de los presos. Dos años, cuatro meses y un día. 20 años y un día. 40 años y un día. ¿Qué demonios pasa ese día? ¿Cómo se siente uno ese día? ¿Insinuaba acaso aquel hombre que estaba sufriendo una condena? ¿Serían a lo mejor todos sus días como ese último? ¿O quizás ese día ya pasó y por eso se añade a sus aniversarios? Y si ya pasó ¿qué ocurrió para ocupar tan privilegiado lugar en sus recuerdos?

Aquel día se me hizo tarde. Comían el postre —ella, la vista al frente, hacia el puerto; él, la mirada hundida en su plato— cuando me senté dos mesas a la izquierda del hombre. Pensé que quizás me estaba obsesionando con aquella pareja, sus tristes hábitos y todos los pensamientos que se arremolinaban en torno a sus vidas —si así se podía definir su tediosa existencia—. Entonces la voz del viejo me sobresaltó:

—Perdóneme caballero. ¿Hoy es miércoles verdad?

—Sí —contesté sorprendido al ver que el anciano hablaba, y además se dirigía a mi—, hoy es miércoles ¿Por qué? —pregunté para no dejar pasar la ocasión de cruzar unas palabras con él— ¿Acaso celebran hoy su 46 aniversario?

—No, no... todavía no —titubeó unos segundos antes de continuar—. El caso es que no puedo evitar preguntarle si se encuentra usted bien, porque, siendo miércoles, me ha extrañado que en lugar de sentarse junto al timón de la pared del fondo, lo haya hecho usted al lado del ojo de buey, como normalmente hace los viernes...

En la mesa junto a la puerta de los servicios, al lado del enorme timón de madera, un plato con sus cubiertos y el vaso de tónica, —el único extra que me permitía en el menú— me esperaban. Muy a mi pesar, el inmenso vacío que de repente sentí en el estómago no tenía nada que ver con el hambre. Guardé silencio, bajé la mirada y me dirigí, profundamente trastornado, hacia la otra mesa. Odié a aquel hombre. Conseguí que mis dos primeros pasos no delataran el temblor de mis rodillas. Miré a la mujer. Dos años y ninguna mueca. Mi rodilla cedió. ¿Sonreía? 45 años... Me ardía el pecho. No había dudas ¡era una sonrisa! Tropecé con mi orgullo. En su cara petrificada todavía aquella agria y espantosa sonrisa. Un día, ¿qué día? Nubes de pánico me rodeaban ¿estaba cayendo? Vi brotar chispas entre sus dientes. Miércoles. Mi cabeza rompió el plato. Una camarera me bautizaba con gasolina. Ella reía a llamaradas. Yo buceaba en el abismo.

Nunca más volví a aquel lugar. Hoy cumplo tres años y un día.



Juan Luis Blanco
2/5/2010

6 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué bueno!
Rebotando rutinas en el espejo.
Gracias por dejarte leer. Ana.

Juan Luis dijo...

Gracias a ti por leerme y por compartir tus siempre agudos comentarios :-)

Marijo dijo...

Felicidades!!!...no solo por tu nuevo cumpleaños sino por atraparme con este relato y acabarlo con una sonrisa que traducida sería...
"Que cabrón,que bueno es"
(perdón por la palabrita)
Marijo

Anónimo dijo...

Uf....precioso.....que rutinarias pueden ser las rutinas ajenas y que demoledoras las que te devuelven las miradas perdidas, bien sean al puerto o a un plato....me ha encantado

Bego

Juan Luis dijo...

Gracias Marijo. No pidas perdón por la palabrita, me gusta dónde está y cómo está. Y si viene precedida de una sonrisa, no hay malinterpretación que valga.

Bego, ya ves que comer un menú del día de vez en cuando, además de ahorrarnos un tiempo en la cocina, da para charlar e incluso para encontrar excusas para escribir. Me alegro de que te haya gustado.

Gata dijo...

Tesoros dentro de un barco velero...me encanta...
Gracias
Un beso!

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